¿En las "cosas de Dios" o atrapados en el Negocio Religioso? Hugo Gabriel Oviedo

 




Durante años nos hicieron creer que cuanto más participábamos, más cerca estábamos de Dios.

Congresos. Seminarios. Encuentros de hombres. Encuentros de mujeres. Congresos apostólicos. Capacitaciones. Escuelas ministeriales. Imparticiones. Coberturas. Honras. Primicias. Diezmos. Ofrendas especiales.

Y mientras más asistíamos, más convencidos estábamos de que estábamos creciendo espiritualmente. Pero un día apareció una pregunta incómoda.

¿Y si en realidad no estábamos creciendo?

¿Y si simplemente estábamos alimentando un sistema?

 

Cuando la religión deja de ser buena noticia

El evangelio anunciado por Jesús era extraordinariamente simple.

Amar. Perdonar. Servir. Compartir. Buscar la justicia. Cuidar al necesitado.

Sin embargo, muchas estructuras religiosas lograron convertir esa sencillez en una maquinaria extraordinariamente costosa.

Cada mes aparece un nuevo evento. Cada año una nueva visión. El discipulado del apóstol de moda. Cada temporada un nuevo congreso. Cada cierto tiempo un nuevo "mover de Dios". Y siempre ocurre lo mismo.

Hay que inscribirse. Hay que viajar. Hay que pagar hotel. Hay que comer afuera. Hay que entregar una ofrenda especial. Hay que honrar al predicador. Hay que comprar los libros. Hay que adquirir el material. Hay que estar presentes porque "Dios hará algo nuevo".

Siempre hay que poner dinero. Siempre.

 

 

La culpa como mecanismo de control

No asistir nunca es simplemente no asistir. Siempre aparece una explicación espiritual.

"Te estás perdiendo la impartición." "No estás bajo cobertura." "Hay una unción especial." "Necesitás recibir el espíritu de la casa." "Los líderes verdaderos siempre están presentes."

Así la decisión deja de ser libre. La ausencia comienza a sentirse como desobediencia. Y la culpa termina haciendo el trabajo que antes hacía la obligación.

 

Nos enseñaron a priorizar todo... menos la vida

Mientras tanto ocurre algo mucho más grave. Muchos comienzan a atrasarse con las cuentas.

Se posterga el pago de un préstamo. Se refinancia una deuda. Se usa la tarjeta para asistir a un congreso. Se pide dinero prestado. Se compra un pasaje que no se puede pagar. Se deja para después el arreglo de la casa.

Las zapatillas de los hijos esperan. La visita al médico espera. Los impuestos esperan. Pero el congreso no puede esperar.

Porque nos convencieron de que aquello era "invertir en el Reino".

¿De verdad?

 

Una espiritualidad completamente desconectada de la realidad

Resulta paradójico. Se habla de prosperidad. Se habla de abundancia. Se habla de provisión sobrenatural. Pero la mayoría depende exactamente de lo mismo que cualquier otra persona.

Que el jefe no los despida. Que la empresa no cierre. Que aumente el sueldo. Que la inflación baje. Que el gobierno tome buenas decisiones. Que puedan renovar el alquiler. Que el banco apruebe un crédito.

Entonces...

¿Dónde está esa prosperidad extraordinaria que tanto prometen?

 

Los testimonios que nunca escuchamos

Siempre escuchamos los mismos relatos.

"Dios me bendijo." "Dios abrió puertas." "Dios hizo un milagro."

Pero jamás escuchamos otra clase de testimonios.

"Me endeudé para ir a un congreso." "No pude pagar el alquiler." "Estoy pagando tres créditos." "No llego a fin de mes." "Vendí cosas para seguir sosteniendo mi ministerio."

Esos testimonios nunca suben al escenario. Porque romperían el relato.

 

 

 

Los que predican prosperidad rara vez viven como quienes los escuchan

Aquí aparece otra enorme contradicción.

Quienes enseñan sobre prosperidad suelen vivir una realidad completamente distinta.

Viajan. Cobran invitaciones. Reciben ofrendas. Son hospedados. Reciben honras económicas.

Mientras tanto, quienes los financian vuelven a sus casas cargando las mismas preocupaciones.

Las cuotas. Las deudas. Los impuestos. El alquiler. La comida.

La diferencia económica entre quienes predican y quienes sostienen el sistema rara vez se menciona.

Y cuando alguien lo hace...Se lo acusa de rebelde.

 

 

Malaquías 3:10 convertido en herramienta de presión

Uno de los textos más utilizados es Malaquías 3:10.

Durante décadas fue presentado como una obligación ineludible.

Si no damos el diezmo...Dios no abre ventanas. Dios retiene bendiciones. Dios permite que el devorador actúe. Pero casi nunca se explica el contexto histórico del texto. Ni a quién fue dirigido. Ni bajo qué sistema funcionaba.

Simplemente se utiliza para sostener una estructura económica.

Y cuando el miedo entra...La libertad desaparece.

 

¿Y si el verdadero diezmo fuera otra cosa?

¿Y si en lugar de sostener estructuras cada vez más grandes comenzáramos por cuidar a quienes tenemos cerca?

Tal vez el verdadero acto espiritual sea pagar nuestras deudas. Ser responsables. Cumplir nuestros compromisos. Comprarles las zapatillas a nuestros hijos. Ayudar a nuestros padres cuando lo necesitan. Tender una mano a un hermano que perdió el trabajo. Compartir un plato de comida con quien realmente tiene hambre.

Eso transforma vidas. Eso produce justicia. Eso genera amor concreto.

 

¿Qué puede decirnos un congreso que Jesús no haya dicho?

Vale la pena hacernos otra pregunta.

Después de dos mil años...

¿Qué pueden decirnos sobre el evangelio que Jesús no haya enseñado? ¿Por qué necesitamos una nueva impartición cada seis meses? ¿Por qué siempre aparece una nueva revelación? ¿Por qué cada año hay una nueva visión? ¿Por qué siempre parece faltar algo?

Quizás porque una persona plenamente satisfecha en Cristo deja de consumir productos religiosos.

Y eso representa un problema para cualquier estructura que necesita funcionar permanentemente.

 

La fe no debería empobrecernos

La fe auténtica debería hacernos más humanos. Más responsables. Más libres. Más conscientes. Más generosos.

No más endeudados. No más dependientes. No más culpables. No más manipulables.

Jesús jamás llamó a las personas a descuidar sus responsabilidades para sostener una organización religiosa. Nunca pidió hipotecar la vida para asistir a eventos. Nunca enseñó que dar dinero a una institución fuera equivalente a darle a Dios.

Confundimos demasiadas veces a Dios con una denominación. A Cristo con una estructura. Al Reino con una organización.

Y esa confusión tiene consecuencias económicas, familiares y emocionales muy concretas.

 

La pregunta que casi nadie se atreve a hacer

Quizás haya llegado el momento de preguntarnos con absoluta honestidad:

¿Estamos siguiendo a Jesús...o simplemente estamos financiando un sistema que aprendió a hablar en nombre de Dios?

Porque cuando una estructura necesita que las personas se endeuden para sostenerla...cuando exige una fidelidad económica mayor que la responsabilidad con la propia familia...cuando convierte la culpa en herramienta de permanencia...cuando llama "falta de fe" a la prudencia financiera...quizás ya no estemos frente al evangelio.

Quizás estemos frente a un modelo religioso que sobrevive gracias a nuestra obediencia, nuestro dinero y nuestro silencio.

Y tal vez el primer acto de verdadera libertad espiritual no sea asistir al próximo congreso.

Tal vez sea animarnos, por fin, a pensar.

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