Jesús, el Filósofo por Excelencia - Parte 1 - Baruch Spinoza - Hugo Gabriel Oviedo


 




En la obra de Baruch Spinoza, especialmente en el Tratado teológico-político, Jesús no aparece como “Dios hecho hombre” en sentido metafísico tradicional, sino como el ser humano que mejor comprendió y vivió la Ley Divina como ley de amor y justicia. Para Spinoza, Cristo fue quien tuvo la comprensión más perfecta de Dios —no como persona trascendente— sino como realidad infinita, como sustancia única que se expresa en todo lo que existe.

      Es decir: para Spinoza, Jesús no es una excepción ontológica, sino una realización extraordinaria de la naturaleza humana en su máxima potencia racional y ética.

      Si Dios es naturaleza infinita (Deus sive Natura), entonces la experiencia de “Dios en nosotros” no es mística sobrenatural, sino comprensión plena de nuestra participación en la sustancia infinita.

 

Jesús, el Filósofo por Excelencia

     Si leemos a Jesús fuera del marco del dogma y lo situamos en el horizonte de la filosofía, aparece una figura inesperadamente cercana al pensamiento de Baruch Spinoza. No el Cristo teológico que irrumpe desde la trascendencia para redimir una humanidad caída, sino el hombre que comprendió con mayor profundidad la inmanencia radical de lo Divino.

     Para Spinoza, Dios no es un ser separado del mundo. Dios es la sustancia infinita, la realidad misma en su potencia absoluta. Deus sive Natura. Nada está fuera de Dios porque nada está fuera de la realidad. En este marco, la experiencia de Dios no consiste en escapar del mundo, sino en comprenderlo adecuadamente.

     ¿Y qué fue Jesús sino aquel que habló del Reino como una realidad que no viene “de afuera”, sino que está “entre ustedes”? ¿Qué fue sino quien expresó que el vínculo con lo divino no pasa por ritos externos, sino por una transformación interior que se manifiesta en justicia, compasión y amor racional?

     Spinoza afirma que Cristo percibió las cosas “sub specie aeternitatis”, (Para Spinoza, ver algo sub specie aeternitatis no significa imaginarlo en un cielo fuera del tiempo. No es una visión mística sobrenatural. Significa comprender una cosa no como evento aislado, sino como parte necesaria del orden infinito de la realidad) bajo la especie de la eternidad. No como un taumaturgo (Taumaturgo viene del griego thaûma (maravilla, prodigio) y ergon (obra, acción) sobrenatural, sino como la conciencia humana que alcanza la comprensión más alta de la necesidad universal. Jesús no habría sido, en esta clave, una excepción metafísica, sino la expresión más lúcida de lo que el ser humano puede llegar a ser cuando comprende su participación en la sustancia infinita.

    La libertad no es libre albedrío caprichoso, sino comprensión de la necesidad. Jesús no actúa reactivamente: no responde a la violencia con violencia, no se deja arrastrar por pasiones tristes. Su serenidad activa es la expresión de una potencia que no necesita dominar. Esto coincide con la ética espinosiana: la verdadera fuerza no es poder sobre otros, sino aumento de potencia compartida.

     La comunidad que Jesús anuncia no es uniformidad ni imposición doctrinal. Es comunión. No elimina la singularidad; la integra. En términos espinosianos, no hay oposición real entre el bien individual y el bien común cuando ambos se comprenden racionalmente. “Nada es más útil al ser humano que otro ser humano que vive según la razón.” El amor al prójimo no es sacrificio irracional, sino realización plena de nuestra propia naturaleza.

     También la beatitud se resignifica. No es premio ultraterreno, sino aumento de potencia en el aquí y ahora. No es estado fijo, sino proceso continuo de transformación. Jesús no promete evasión del mundo, sino una manera distinta de habitarlo. Spinoza tampoco propone huida trascendente, sino comprensión inmanente.

     Ambos desactivan el miedo como fundamento religioso. Ambos sustituyen la obediencia ciega por la comprensión. Ambos desplazan el eje desde la culpa hacia la potencia.

     Desde esta perspectiva, Jesús puede leerse como el filósofo por excelencia: no porque haya escrito tratados sistemáticos, sino porque vivió una filosofía encarnada. Su enseñanza no fue mera doctrina, sino forma de vida. No fue teoría abstracta, sino sabiduría practicada.

     Si Dios es la potencia infinita que nos habita, entonces la tarea no es negarnos en nombre de un ideal imposible, sino comprender nuestra naturaleza y actuar desde ella. Jesús no habría sido el fundador de una religión del miedo, sino el testigo de una libertad nacida de la comprensión.

     Y tal vez allí se encuentre la convergencia más profunda con Spinoza: la afirmación radical de la inmanencia. La plenitud no está más allá, sino más acá. No en otro mundo, sino en una relación más consciente con este.

     En tiempos de trascendencias vacías y materialismos reductivos, recuperar a Jesús como filósofo —y a Spinoza como pensador de la espiritualidad inmanente— puede abrir un camino de reconciliación entre razón y vida, entre comunidad y singularidad, entre necesidad y libertad.

     No un camino de fuga, sino de presencia.

     No una fe que anula el pensamiento, sino un pensamiento que se vuelve forma de vida.

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