Entre la herida y la Palabra: Literatura, cuerpos y dignidad. En la frontera de la exclusión - Hugo Gabriel Oviedo

 

Introducción

      La literatura, a lo largo de la historia, (y de nuestra formación) ha sido uno de los territorios privilegiados donde se inscriben y se disputan las huellas del poder, la exclusión y la resistencia. Hoy, las narrativas contemporáneas ponen en primer plano aquellas voces históricamente marginadas por el racismo, el clasismo y el patriarcado, haciendo de la palabra escrita un campo de denuncia y, al mismo tiempo, de esperanza. Obras como El color púrpura de Alice Walker, Cuando me muera quiero que me toquen cumbia de Cristian Alarcón, Chico sucio de Mariana Enríquez, La fiesta ajena de Liliana Heker y Negra de mierda de Juan Solá, desde geografías y estéticas diversas, iluminan un mismo horizonte: la marca del cuerpo como lugar donde se concentran las violencias sociales, pero también como espacio de resistencia, ternura y dignidad.

     En este ensayo abordaremos cómo los cuerpos atravesados por la raza, el género y la pobreza son transformados por la literatura en territorios simbólicos de lucha y de reapropiación. Analizaremos de qué modo las prácticas culturales como: la música, la oralidad, la escritura íntima o la narración infantil, abren grietas en el discurso dominante, permitiendo a los sujetos excluidos decir su palabra, recuperar su voz y afirmar su existencia. De este modo, la literatura contemporánea se configura no solo como un dispositivo estético, sino como una auténtica práctica de libertad, y nos permitiremos interpelarnos e interpelar al lector con preguntas retóricas, y así imaginar horizontes alternativos frente a los temas que abordaremos.

 

 

Entre la herida y la palabra:

Literatura, cuerpos y dignidad

 

       Como señalábamos en la introducción, en este ensayo nos hemos permitido preguntar y preguntarnos, con la intención de invitar a la reflexión y que ese gesto interrogativo permanezca en el lector como un eco que siga resonando más allá de la lectura. Si bien al final damos una conclusión, la misma no cierra el ensayo, lo respira: deja abiertas sus puertas para que otras voces, otras miradas, sigan entrando. Alguien dijo alguna vez que la mente es como un paracaídas: si no se abre, se estrella. Y en gran parte de nuestra vida hemos vivido ese choque; quizá ha llegado el momento de aprender a volar. Somos conscientes de que las ideas y problemáticas abordadas, el amor, la muerte, la juventud, la libertad, la verdad, la exclusión, Dios, entre otras, forman parte de un océano de conocimiento que no puede agotarse en una mera piscina de análisis. Siguen vigentes, en disputa, interpelándonos. La literatura, en este sentido, se vuelve un espejo: lo que devuelve no son respuestas cerradas, sino preguntas que reclaman interpretación. Y en esas interpretaciones también nosotros nos reinterpretamos. Ese es, finalmente, el efecto que pretendemos del ensayo: que trascienda la lectura y continúe habitando en la reflexión del lector.

 

 

 

“Hay que aprender a mirar sin herir.”

Juan Solá.

 

El cuerpo marcado: raza, género y pobreza como territorios de exclusión

      En El color púrpura de Alice Walker, Celie encarna el cuerpo negro femenino violentado por el racismo y el patriarcado. En Cuando me muera quiero que me toquen cumbia de Alarcón, los cuerpos de los pibes chorros aparecen como territorios de persecución policial y criminalización social. En Solá, la madre pobre carga en su cuerpo el estigma del insulto, “negra de mierda” mientras sostiene la vida de sus hijos y la indiferencia en Mariana Enríquez, muestra cómo la literatura puede desarticular el peso del prejuicio. “Él no me dijo ni una palabra amable. Sólo: Eso que tu mamá no quiere hacer vas a hacerlo tú. Y me puso en la cadera esa cosa y empezó a moverla y me agarró los pechos y me metía la cosa por abajo y, cuando yo grité, él me apretó el cuello y me dijo: Calla y empieza a acostumbrarte”. (Walker 1983, p. 7) ¿Calla y empieza a acostumbrarte? ¿Podemos acostumbrarnos al desprecio, a la marginalidad, al abuso? La pregunta late como una herida: el cuerpo de Celie es marcado por el patriarcado y la violencia sexual desde el inicio, convirtiéndose en un territorio de opresión. Pero aparece la voz femenina como espacio de resguardo, de súplica al cielo: “Querido Dios: Hoy me ha pegado porque dice que en la iglesia le guiñé un ojo a un chico. Algo que me entraría, porque de guiñar, nada. Y es que a los hombres ni los miro, la verdad. A las mujeres sí las miro, porque a ellas no les tengo miedo”. (p. 8) En sus cartas, Celie, construye una voz propia que desafía las normas de género y sexualidad impuestas. Este gesto de “decir su palabra” muestra la idea de la literatura como práctica de libertad: a través de la escritura, Celie se reapropia de su subjetividad y resiste; lo veremos más adelante.

     ¿Es posible vivir dignamente en un cuerpo condenado por la mirada ajena, o la dignidad se construye en la palabra que rompe el silencio?

De la estigmatización a la resistencia: voces y cuerpos marginales en la literatura

       La marca social sobre estos cuerpos no es definitiva: las voces de los personajes y narradores resisten. Celie escribe cartas para reconstruirse, la madre de Solá muestra ternura en medio del insulto, los barrios mitifican a los caídos en Alarcón, y en Enríquez la literatura, en este caso, se vuelve un espejo brutal de las desigualdades urbanas y de los cuerpos infantiles arrojados a la intemperie. Lo sé porque una noche, cuando volvía a casa desde el centro, lo vi en el vagón. Tiene un método muy inquietante: después de ofrecerles la estampita a los pasajeros, los obliga a darle la mano, un apretón breve y mugriento. Los pasajeros contienen la pena y el asco: el chico está sucio y apesta, pero nunca vi a nadie lo suficientemente compasivo como para sacarlo del subte, llevárselo a su casa, darle un baño, llamar a asistentes sociales.” (Enríquez 2016, p 2)

     ¿Qué nos revela, en el fondo, este espejo brutal: la miseria de los cuerpos marginados o la miseria de nuestra propia indiferencia?

 

El mito de Víctor “El Frente” Vital

      “Víctor Manuel ‘El Frente’ Vital, diecisiete años, un ladrón acribillado por un cabo de la Bonaerense […] se convirtió entre los sobrevivientes de su generación en un particular tipo de santo: lo consideraban tan poderoso como para torcer el destino de las balas y salvar a los pibes chorros de la metralla”. (Alarcón, 2012 p. 4) Observamos la construcción mítica del “pibe chorro” como figura de resistencia comunitaria, la literatura convierte al cuerpo estigmatizado en símbolo: del insulto y la persecución policial surge un ídolo popular que resignifica la exclusión. En las zonas geográficas se puede ver la criminalización y la desigualdad estructural, “San Fernando es ese partido del conurbano bonaerense cuya estación del ferrocarril Mitre es casi la última antes de llegar a Tigre […] es la zona del país donde la brecha entre pobres y ricos es abismal. La fortuna ajena parece al alcance de la mano: allí se da la maldita vecindad entre el hambre y la opulencia”. (p. 6) Aquí se refleja el contexto estructural de desigualdad en el que se inscriben las vidas narradas por Alarcón. ¿Y en Cañada de Gómez? ¿Qué opina la gente cuando se dice: vive en el barrio sur? ¿Dónde se realizan la mayor cantidad de allanamientos?

     ¿Qué nos revela la construcción del mito: la necesidad de héroes en medio de la violencia, o la incapacidad de una sociedad para ofrecerles un futuro distinto?

 

Lo negro como estigma y potencia: entre el insulto y la resistencia

      La palabra “negro” aparece en todo el corpus con sentidos múltiples: como insulto racista y clasista en Solá; como identidad estigmatizada en Walker; como mito y etiqueta social en Alarcón. El “negro” es a la vez lo marginado y lo vital, lo insultado y lo festivo, lo excluido y lo resistente. Estas obras ponen en evidencia que el término puede transformarse de signo de violencia a emblema de potencia cultural.

Sabemos que también en la Argentina la palabra “negro” designa un conjunto de atributos sociales y políticos con una relación muy imprecisa y vaga con la “raza”. Aunque el término “negro” posee características despectivas y ha sido utilizado (y todavía se utiliza) principalmente con propósitos discriminatorios en nuestro país, negro o negra también puede agrupar personas en función de su afiliación política, social o incluso afectiva y proveerlas de un “hogar simbólico” con el cual identificarse. (Righetti 2025)

¿Puede una palabra que nació como herida convertirse en refugio y fuerza colectiva?

 

 

La advertencia de la madre y la identidad de clase

     “–Oíme, Rosaura –dijo por fin–, ésa no es tu amiga. ¿Sabés lo que sos vos para todos ellos? Sos la hija de la sirvienta, nada más”. (Heker 1991, p. 2)
Este pasaje muestra de manera cruda la frontera social que atraviesa a la protagonista: su deseo de pertenecer contrasta con el señalamiento materno sobre la desigualdad estructural mostrando un desenlace cargado de humillación  “Porque la señora Inés no buscó nada en la bolsa celeste, ni buscó nada en la bolsa rosa. Buscó algo en su cartera. En su mano aparecieron dos billetes. –Esto te lo ganaste en buena ley –dijo, extendiendo la mano”. (p. 7)
Allí se derrumba la ilusión: Rosaura no es invitada al cumpleaños, no es amiga, es la hija de la empleada. ¿Qué sentimientos esconde la madre tras sus advertencias para con su hija? ¿Resentimiento, miedo, resignación?

     Podríamos pensar lo siguiente: ¿Es la advertencia de la madre un acto de resignación frente a la injusticia, o un gesto de amor que busca proteger a su hija del dolor social?

 

Ingenuidad, inocencia, desencanto

     La protagonista, hija de una empleada doméstica, atraviesa la frontera de clase sin saberlo: entra al espacio íntimo de la fiesta con orgullo y con un deseo inocente de reconocimiento. Hermosa ingenuidad. La mirada infantil con que se construye la narración amplifica la ternura y, al mismo tiempo, el golpe de la revelación: la amistad soñada se convierte en desencanto, la alegría en humillación. Rosaura aprende demasiado pronto que en ese mundo de privilegios ella no es igual, que su lugar está marcado por el trabajo de su madre. ¿Qué pasa por la cabeza de Rosaura en ese momento de revelación? Nos detenemos aquí para pensar que la niña representa cientos de niñas/os que fueron, fuimos, son y somos personas que sufrieron ese desencanto.

     De este modo, se teje una red de textos que interpelan al lector sobre las continuidades de la exclusión: cómo los cuerpos y las voces de los pobres siguen siendo relegados, invisibilizados, humillados. La literatura, al rescatar estas escenas, se convierte en un dispositivo de denuncia y memoria (ajena y propia) haciendo visibles las marcas de injusticia que la sociedad procura ocultar y abre la pregunta incómoda sobre cómo esas jerarquías siguen operando hoy, lamentablemente.

     ¿Podemos proteger la inocencia de la infancia en un mundo atravesado por desigualdades, o estamos condenados a que el desencanto llegue demasiado pronto?

 

El insulto como marca social

     “Mirá la negra de mierda, mirá cómo lleva los nenes en la motito. Tres gurisitos sin casco, cagándose de frío, y la negra con ese culo enorme que ocupa todo el asiento. Qué hija de puta […] Inconsciente de mierda, ojalá le saquen los hijos, ojalá se muera esta negra de mierda”. (Solá 2019) Este fragmento expone, sin filtros, la violencia simbólica y clasista condensada en el insulto. La palabra “negra” no solo nombra: hiere, degrada, deshumaniza, funcionado como estigma que criminaliza la pobreza y legitima la exclusión. Lo negro, en este caso, aparece como un sello de desprecio social, un modo de expulsar a la protagonista del círculo de lo “humano”. Aquí podemos leer, con Butler, la construcción de los cuerpos abyectos, aquellos que la cultura declara invivibles, pero que, en medio de tanta brutalidad, irrumpe un gesto mínimo que ilumina la escena: “La nena en la falda abrió los ojos despacito y preguntó si faltaba mucho. La madre le apoyó la mano temblorosa sobre la frente sudada, comprobó que la fiebre seguía allí y murmuró aun no mi amor, así, triste y suavecito”. (Solá 2019) La ternura, en su forma más frágil, se convierte en resistencia: cuidar la vida en medio del desprecio es también un acto político. Ese amor silencioso, casi invisible para la mirada social, tiene la misma potencia que las cartas de Celie en El color púrpura o que la comunidad que se levanta en Cuando me muera quiero que me toquen cumbia: en todos los casos, lo afectivo se convierte en una forma de dignidad. Allí donde la sociedad grita odio, la literatura rescata un susurro de esperanza, pequeño pero luminoso, que se obstina en sobrevivir.

     Si la sociedad (y discursos políticos) insisten en deshumanizar, ¿no será la ternura el último territorio desde donde afirmar nuestra humanidad? Seguro que sí. Más amor, más afecto por favor.

 

La cumbia como apropiación popular: fuerza vital y colectiva

     Otra vez la batalla entre la policía y la villa se desató. Fue una batalla más. Al día siguiente hubo asados y cumbia para festejar. Pero la guerra no cesó”. (Alarcón 2012, p. 153) La palabra, como la música, se vuelve un acto de exceso y de resistencia: narrar es desafiar el mandato policial, escribir es escapar a la muerte simbólica que impone la exclusión. El cuerpo abyecto, despreciable y vil encuentra en la literatura y en la música un modo de hacerse visible, de habitar la intemperie sin dejarse anular. La cumbia, en este sentido, no es solo ritmo: es refugio, comunidad y grito de dignidad. A lo largo del sendero hay decenas de ranchos desde los que sale el ruido de los televisores, la cumbia a todo dar, el olor a guiso, las carcajadas que suceden a los chistes de siempre, algún insulto, el silencio”. (p, 84)

     ¿Qué revela más sobre una sociedad: la violencia que margina o la alegría obstinada de quienes bailan a pesar de todo?

 

 Entramos en otro terreno: el crítico…

 El poder de las fuerzas múltiples

      La opresión no proviene de una sola fuente de poder, sino de un entramado de relaciones múltiples (racismo, patriarcado, pobreza, policía, etc.) que se cruzan en los cuerpos. Foucault, en su ensayo Defender la Sociedad menciona: “No hay por lo tanto un foco único del que salgan como por emanación todas esas relaciones de poder, sino un entrelazamiento de éstas que, en suma, hace posible la dominación de una clase sobre otra, de un grupo sobre otro” (Foucault 2000, p. 249) Los cuerpos racializados y pobres en Walker, Solá o Alarcón, muestran que no hay un único poder que oprime, sino múltiples relaciones que se cruzan en esos cuerpos. “La política es la continuación de la guerra por otros medios”. (p. 252). Vemos la criminalización de los jóvenes pobres en Cuando me muera quiero que me toquen cumbia: la violencia policial y estatal es la guerra trasladada al terreno político, donde los cuerpos de los “pibes chorros” son tratados como enemigos internos. ¿Serán al mismo tiempo la unión de fuerzas múltiples de las minorías la que puedan cambiar el rumbo? Me resuena un canto: “el pueblo unido jamás será vencido…” Mejor sigamos…

     El racismo es, literalmente, el discurso revolucionario, pero al revés […] La soberanía del Estado hizo así de él el imperativo de la protección de la raza, como una alternativa y un dique al llamamiento revolucionario, que por su parte derivaba de ese viejo discurso de las luchas, los desciframientos, las reivindicaciones y las promesas” (p. 81). Esto nos lleva a pensar en cómo las estructuras de poder se han reapropiado históricamente de los discursos de resistencia para convertirlos en mecanismos de exclusión. Observamos  en El color púrpura, Cuando me muera quiero que me toquen cumbia, El chico sucio, La fiesta ajena y Negra de mierda, cómo la literatura, en contraste, devuelve a esos cuerpos y voces marginadas su potencia original de denuncia, es decir, allí donde el poder busca normalizar y silenciar, las narrativas contemporáneas nos abren un campo para visibilizar las huellas de la opresión y convertirlas en territorios de lucha y esperanza. Foucault también advierte sobre la “insurrección de los saberes subyugados”: “Se tratará, por lo tanto, no sólo de dar un suelo teórico continuo y sólido a todas las genealogías dispersas [...] sino de poner de relieve la apuesta comprometida en esta insurrección de los saberes contra la institución y los efectos de poder del discurso científico”. (p. 21) La escritura de Celie en El color púrpura o la oralidad villera en Alarcón son precisamente eso: saberes insurrectos que irrumpen contra el discurso hegemónico, que recuperan experiencias históricamente silenciadas y las transforman en memoria colectiva. Esta apropiación saberes insurrectos frente al discurso hegemónico, nos permite, además, recuperar experiencias históricamente silenciadas. Poder mostrar esto a aquellos a quienes nos oigan en un aula será todo un desafío.

     Judith Butler menciona: “La categoría de ‘sexo’ es, desde el comienzo, normativa; es lo que Foucault llamó un ideal regulatorio. [...]El ‘sexo’ no es pues sencillamente algo que uno tiene o una descripción estática de lo que uno es: será una de las normas mediante las cuales ese ‘uno’ puede llegar a ser viable, esa norma que califica un cuerpo para toda la vida dentro de la esfera de la inteligibilidad cultural”. (Butler 1993, p. 9) Observamos que los cuerpos de Celie, de la madre de Solá o de los pibes en Alarcón (y muchos de los pibes/as de hoy en día) no son solo cuerpos biológicos, sino que se vuelven inteligibles (entendidos) bajo normas sociales y culturales que los marcan como “otros”. “Si se comprende la restricción como constitutiva, aun es posible formular la pregunta crítica: ¿cómo tales restricciones producen, no sólo el terreno de los cuerpos inteligibles, sino también un dominio de cuerpos impensables, abyectos, invivibles?”. (Butler p. 14) Nos permitimos pensar cómo los insultos: “negra de mierda”, el racismo y la criminalización convierten a ciertos sujetos en “invivibles”, en cuerpos abyectos, despreciables, viles que el discurso dominante expulsa, pero que la literatura rescata como voces resistentes.

          Es ahí donde la literatura adquiere un papel crucial: rescatar lo invivible. Frente a los insultos: “negra de mierda”, frente a la racialización o la criminalización, los textos reponen lo que el discurso dominante expulsa. Allí donde la sociedad marca cuerpos como desechables, la palabra literaria los devuelve al centro: no como víctimas pasivas, sino como voces resistentes, como existencias que reclaman ser vistas y escuchadas.

      ¿Qué hacemos, como sociedad y como lectores, con las voces que el poder declara abyectas: las seguimos expulsando o las reconocemos como parte de nuestra memoria colectiva?

 

Pensar desde los condenados de la tierra

“El pensar descolonial requiere explorar lugares otros desde donde pensar. Más aún, cuando se trata del pensar desde lo que piensa, del que sufre los resultados históricos del proyecto civilizatorio occidental, desde y con los condenados de la tierra, desde y con aquellas experiencias cuyo lugar de enunciación ha posibilitado la emergencia de formas de interpelar al sistema histórico vigente”. (Losacco 2020, p 7)

     Esta idea la detectamos en El color púrpura y Negra de mierda, donde la voz surge precisamente desde esos cuerpos y experiencias históricamente condenados. Podemos decir que a la colonialidad, ¿la podríamos visualizar como el lado oscuro de la modernidad? “Develar la colonialidad como el lado oscuro de la modernidad no solo ha significado un ir más allá dentro de la crítica al eurocentrismo, sino un enfrentarse a la necesidad de ir más allá de la modernidad”. (p. 84) Aquí acudimos en pedir socorro para que la literatura muestre cómo revela esa “cara oscura” de la modernidad que se expresa en el racismo, el clasismo y el sexismo porque sabemos que otro mundo es posible desde las racionalidades subalternas: “Los pueblos cuyas utopías han resistido creativamente a lo largo de los últimos cinco siglos [...] han continuado demostrando que otro mundo es posible, que la humanidad no se reduce a la modernidad, y mucho menos a Occidente”. (p. 8)

      Las formas de resistencia (cumbia, ternura, afecto) que destacamos son: expresiones que prueban que hay horizontes alternativos frente a la exclusión.

     Sobre el estigma racial según Fanon: “El filósofo caribeño de origen martiniqués plantea la ‘desalienación’ del sujeto colonizado [...] a través de su liberación de la trampa colonial, la cual impone una división dicotómica entre lo ‘blanco’ y lo ‘negro’, esencializada e inamovible, en la que el colonizado no es, puesto que sólo existe frente y hacia el colonizador” (Gaya/Gaussens 2020, p. 10) En El color púrpura de Walker y Negra de mierda de Solá, los personajes femeninos y pobres quedan atrapados en estigmas raciales y sociales que los hacen existir solo en función de la mirada dominante; el racismo aparece como legitimación de la explotación capitalista: “Fanon advierte que el problema del ‘negro’ no es el ‘blanco’, sino ‘una sociedad capitalista, colonialista accidentalmente blanca’ que lo explota y lo racializa para legitimar tal explotación” (p. 13) En Cuando me muera quiero que me toquen cumbia de Alarcón, la persecución policial y la criminalización de los jóvenes pobres muestran cómo la desigualdad económica se sostiene a través de la racialización y la estigmatización de los cuerpos.

      ¿Qué nos impide, aún hoy, reconocer que las resistencias de los cuerpos racializados y pobres son también formas de pensamiento que desestabilizan el orden hegemónico? Ah pero no… ¿Hay que pensar en el “déficit fiscal 0” para que dentro de 20, 30 o 50 años seamos “potencia mundial”?

 

Exclusión y apropiación de voces

      “Históricamente en la literatura argentina se han construido círculos literarios donde se ha excluido por completo a ciertos sujetos minoritarios como autores, reduciéndolos por completo en meros objetos literarios. […] Esto está sucediendo actualmente con la literatura villera”. (Mathez 2016, p. 37) Este señalamiento dialoga con la exclusión que sufren los personajes de Walker, Solá y Heker: cuerpos y voces que son negados, relegados o convertidos en “objetos” dentro del discurso dominante. La literatura de resistencia (villera, afrodescendiente, feminista) aparece entonces como la posibilidad de reapropiar la palabra y romper el cerco de representación impuesto por las hegemonías. Una resistencia contra la invisibilidad y el silenciamiento, “La academia, la lengua docta, se apropia de la función de darle voz a un colectivo, a los villeros, quienes, según esta misma academia, no pueden hacerlo por sí solos […] ¿Entonces, la pregunta que le sigue es para quién son invisibles los villeros?”. (p. 33) ¿Invisibilidad? La pregunta resuena como un eco incómodo: ¿invisibles para quién? ¿Quién decide qué vidas merecen ser narradas? En Negra de mierda y La fiesta ajena, la mirada hegemónica relega a los personajes a la periferia. Igual que Celie en El color púrpura, los sujetos oprimidos sólo adquieren visibilidad cuando logran decir su palabra.

     Tal como advierte Butler, ciertos cuerpos son declarados “invivibles” por el marco cultural dominante. Frente a ese mandato, la literatura se levanta como un espacio de visibilización y dignidad, un lugar donde lo que debía permanecer oculto irrumpe con fuerza, recordando que incluso los cuerpos expulsados de la norma pueden convertirse en sujetos de palabra y memoria.

    ¿Quién decide qué voces son dignas de ser oídas y qué cuerpos deben permanecer en silencio? ¿Hasta cuándo permitiremos que los cuerpos expulsados de la norma sigan siendo objetos y no sujetos de palabra y memoria?

 

Roland Barthes

     El texto de Roland Barthes “De la obra al texto” muestra a la literatura como Texto, no como obra cerrada. Barthes distingue entre Obra (objeto acabado, consumible) y Texto (campo abierto, plural y en movimiento). Esto nos ayuda a pensar las obras de Walker, Solá, Alarcón y Heker no como “productos” aislados, sino como textos vivos que se cruzan con múltiples voces, lenguajes y memorias. Esto lo enlazamos con la idea de que la literatura no se limita a reproducir el mundo, sino que lo transforma al hacer visibles las marcas de exclusión y dar lugar a voces históricamente silenciadas. La lectura como práctica, no como consumo para Barthes, quien señala que la Obra suele reducirse a objeto de consumo, mientras que el Texto exige una lectura activa, que es al mismo tiempo producción. La literatura como práctica de libertad muestra que leer Cuando me muera quiero que me toquen cumbia o Negra de mierda no es solo recibir pasivamente una historia, sino participar en un proceso de concienciación, cuestionar los estigmas y producir un nuevo modo de ver lo social. Nos permite pensar que estas obras no son “retratos fijos” de la exclusión, sino espacios abiertos de disputa y resignificación, donde la literatura se vuelve un campo plural que incomoda a la doxa (opinión, creencia popular) y genera prácticas de libertad.

     Si el Texto, como dice Barthes, está siempre abierto, ¿no será el lector quien deba asumir la responsabilidad de mantener vivas esas voces silenciadas? ¿Qué hacemos cuando leemos: reproducimos la mirada hegemónica o producimos nuevas formas de pensar y sentir el mundo?

 

 

NADIE SE SALVA SOLO

La liberación colectiva y el papel de los oprimidos:

      “Nadie libera a nadie, ni nadie se libera solo. Los hombres se liberan en comunión”. (Freire 1968, p. 23) En El color púrpura, Cuando me muera quiero que me toquen cumbia, visibilizamos cómo la resistencia se construye desde la voz colectiva, la comunidad y la cultura popular. Y esa voz colectiva es convocada por la Literatura. El poder de la palabra como praxis transformadora: “El método Paulo Freire [...] simplemente coloca al alfabetizando en condiciones de poder replantearse críticamente las palabras de su mundo, para, en la oportunidad debida, saber y poder decir su palabra”. Lo podemos ver en las cartas de Celie en El color púrpura, con la oralidad villera en Alarcón, y con la narración de Rosaura en La fiesta ajena. Todos estos recursos literarios funcionan como modos de “decir su palabra” frente a un mundo que intenta silenciar.

 

La Educación como Práctica de Libertad

El método de Paulo Freire es, fundamentalmente, un método de cultura popular; da conciencia y politiza. No absorbe lo político en lo pedagógico ni enemista la educación con la política. Las distingue sí, pero en la unidad del mismo movimiento en que el hombre se historiza y busca reencontrarse, esto es, busca ser libre. No tiene la ingenuidad de suponer que la educación, y sólo ella, decidirá los rumbos de la historia, si no tiene, con todo, el coraje suficiente para afirmar que la educación verdadera trae la conciencia las contradicciones del mundo humano, sean estructurales, supraestructurales o interestructurales, contradicciones que impelen al hombre a ir adelante. Las contradicciones concienciadas no le dan más descanso sino que vuelven insoportable la acomodación. Un método pedagógico de concienciación alcanza las últimas fronteras de lo humano. Y como el hombre siempre las excede, el método también lo acompaña. Es "la educación como práctica de la libertad". (Freire 1969, p. 16)

 

     En el marco de lo planteado por Paulo Freire, “la educación verdadera trae a la conciencia las contradicciones del mundo humano […] contradicciones que impelen al hombre a ir adelante” (Pedagogía del oprimido), esta afirmación resuena en el corpus literario trabajado: en El color púrpura, la escritura de cartas de Celie le permite visibilizar y enfrentar las estructuras racistas y patriarcales, en Cuando me muera quiero que me toquen cumbia, la oralidad villera denuncia la criminalización de la pobreza; en Negra de mierda, el insulto clasista se convierte en espacio de resistencia; en Chico sucio los prejuicios y la indiferencia son expuestos; y en La fiesta ajena, la narración infantil expone la crudeza de la desigualdad social.

     Tanto la educación como la literatura, en este sentido, pueden pensarse como prácticas de libertad. Ambas interpelan, politizan y concientizan: la educación a través del diálogo y la problematización de la realidad; la literatura a través de la palabra que, en sus múltiples formas, carta, canto, testimonio, narración popular, abre grietas en el orden dominante. Y al igual que la pedagogía freireana, estos textos no se limitan a reproducir el mundo tal como es, sino que lo hacen visible en sus contradicciones y, sobre todo, invitan a transformarlo.

     ¿Qué sentido tiene leer o educar si no nos impulsa a cuestionar las contradicciones y a construir colectivamente nuevas formas de vida?

    Enseñamos sinalefas, hiatos, pretéritos, subjetivemas, etc., pero… ¿enseñamos a pensar, a cuestionar, a reflexionar…? Eduardo Galeano: “…se educa aprendiendo, el otro siempre tiene algo que decir que vale la pena escuchar…todos tenemos algo que decir que vale la pena...”

Compartimos un link de un vídeo en tiktok que amplia esta idea.

Link: https://vm.tiktok.com/ZMA5RJtVj/

 

 

Conclusión

     Las obras analizadas, El color púrpura de Alice Walker, Cuando me muera quiero que me toquen cumbia de Cristian Alarcón, Chico sucio  de Enríquez, La fiesta ajena de Liliana Heker y Negra de mierda de Juan Solá, muestran que la literatura tiene la potencia de revelar y desestabilizar las marcas de la exclusión. En cada una de ellas, el cuerpo aparece como territorio atravesado por violencias sociales: el racismo, el patriarcado, el clasismo o la criminalización de la pobreza. Pero lejos de quedar fijados en el lugar de víctimas, estos cuerpos se resignifican en voces, gestos, músicas y narraciones que resisten y que rehacen su identidad desde la palabra.

     Los aportes de Foucault, Butler, Fanon, Losacco y Freire permiten comprender que la opresión no se ejerce de una sola forma, sino a través de múltiples relaciones de poder que buscan volver invivibles ciertos cuerpos. Sin embargo, la literatura demuestra que en lo abyecto, en lo silenciado o en lo humillado también habita la posibilidad de la insurrección. Celie escribiendo cartas, los pibes chorros convertidos en mito, la madre de Solá sosteniendo a sus hijos con ternura, o la niña Rosaura descubriendo la desigualdad: todos son ejemplos de cómo la palabra literaria transforma la herida en memoria, denuncia y nos da la posibilidad de expresarlas.

     Así, la literatura se revela como un espacio de comunión y de libertad, en el mismo sentido que la pedagogía freireana: nadie se libera solo, la liberación siempre es colectiva y se da en el encuentro con los otros. Estas obras nos recuerdan que, en medio de la violencia estructural, aún laten la música, la oralidad, el cuidado y la ternura como formas de vida que no se dejan reducir por el estigma. Leerlas es participar de esa resistencia y aceptar el desafío de transformar, desde la palabra, un mundo marcado por la desigualdad y que el gesto interrogativo, pretendido al principio, no buscará una respuesta inmediata, sino provocar una resonancia interior que persiste más allá de las páginas.

 

Referencias

-Alarcón, Cristian (2012) “Cuando me muera quiero me toquen cumbia”. Ed.  Aguilar.

-Barthes, Roland (2025) “De la obra al texto” Material PDF de clases.

-Butler, Judith (1993) “Cuerpos que importan, sobre los límites materiales y discursivo del sexo” Editorial Paidós. Buenos Aires.

-Enríquez Marian (2016) “El chico sucio”. PDF.

-Foucault, Michael (2000) “Defender la Sociedad”. Primera edición en español. Fondo de Cultura Económica Argentina. S.A.

-Freire, Paulo (1968) “Pedagogía del oprimido” Material PDF.

-Gaya Makaran, Pierre Gaussens (2020) “Piel blanca, máscaras negras. Crítica de la razón decolonial”. Bajo Tierra Ediciones. Ciudad de México.

-Heker, Liliana (1991) “La fiesta ajena”. Material PDF.

-Losacco, José Romero (2020) “Pensar distinto, pensar de(s)colonial”. Editorial El Perro y La Rana.

-Marhez, Robert Elvira (2016) “Literatura villera La representación de la villa en la obra de César González y Gustavo Lara”. Studies and Classics.

-Righetti, Soraya (2025) Identidad y etnicidad en la cultura contemporánea”. Material Literaturas Contemporáneas.

-Walker, Alice (1983) “El color púrpura” Plaza & Janés, S.A. Editores.

 

 

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