Lo que ya no podemos llamar Palabra de Dios - Parte 2 - Hugo Gabriel Oviedo

 





Parte 2: El Nuevo Testamento bajo el juicio de la conciencia

Durante mucho tiempo se creyó que el problema estaba únicamente en el Antiguo Testamento. Allí estaban las guerras santas, los genocidios, el Dios vengador, las leyes brutales y el tribalismo religioso. Entonces muchos pensaron que el Nuevo Testamento venía a resolverlo todo: Jesús reemplazando la violencia por amor, la gracia sustituyendo al castigo, la compasión derrotando a la ley.

Pero no es tan simple.

Porque cuando se empieza a leer críticamente el Nuevo Testamento, también aparecen textos profundamente problemáticos. Textos que durante siglos legitimaron:

  • el sometimiento de las mujeres; la obediencia ciega; la culpa; el miedo; la persecución de la sexualidad; y estructuras de poder religioso que todavía hoy continúan dañando personas.

La diferencia es que estas violencias suelen estar más disimuladas. Ya no aparecen bajo forma de exterminios colectivos. Aparecen como doctrinas espirituales.

Y quizá por eso son todavía más peligrosas.

 

“Pablo contra Jesús”

Uno de los mayores conflictos dentro del cristianismo contemporáneo es este:
¿hasta qué punto el cristianismo sigue realmente a Jesús y hasta qué punto sigue a Pablo?

Porque gran parte de la estructura doctrinal de las iglesias no proviene directamente de Jesús, sino de las cartas paulinas.

Y allí aparecen enormes tensiones.

Jesús:

  • habló con mujeres públicamente; rompió normas religiosas; cuestionó autoridades; se acercó a excluidos; jamás escribió tratados sobre subordinación femenina.

Pero luego aparecen textos atribuidos a Pablo de Tarso que dicen:

“La mujer tiene al varón por cabeza.” (1 Corintios 11:3)

“La mujer fue creada para el hombre.” (1 Corintios 11:9)

“Las mujeres callen en las congregaciones.” (1 Corintios 14:34)

Durante siglos estos versículos fueron utilizados para justificar:

  • la exclusión femenina del liderazgo; la obediencia matrimonial; el silenciamiento de las mujeres; y estructuras profundamente patriarcales.

Hoy muchas personas ya no pueden leer esos textos como revelación divina. Los leen como expresiones culturales de una sociedad patriarcal del siglo I.

Y la pregunta aparece inevitablemente: ¿puede llamarse “Palabra de Dios” a un discurso que niega igualdad y libertad?

 

“Versículos que construyeron culpa”

El Nuevo Testamento también dejó una herencia psicológica pesada:
la culpa permanente.

La idea de que el ser humano:

  • es indigno; corrupto por naturaleza; pecador desde su nacimiento; y merecedor de condenación eterna.

Muchos crecieron aterrados por frases como:

“La paga del pecado es muerte.” (Romanos 6:23)

“Apartaos de mí al fuego eterno.” (Mateo 25:41)

“El lago que arde con fuego y azufre.” (Apocalipsis 21:8)

Durante siglos estas imágenes fueron utilizadas para controlar conciencias mediante el miedo.

El problema no es solamente teológico. Es emocional.

¿Cuántas personas vivieron aterradas pensando que:

  • un pensamiento incorrecto podía condenarlas; una duda podía alejarlas de Dios; una sexualidad diferente podía enviarlas al infierno?

El miedo religioso se convirtió en herramienta de control espiritual. Y quizás muchas de esas doctrinas no revelaban el amor divino, sino los mecanismos humanos del poder.

 

“El infierno como sistema de terror”

Pocas ideas han causado tanto daño psicológico como el infierno eterno.

La idea de un castigo infinito por errores humanos finitos genera una contradicción moral enorme: ¿cómo puede el amor absoluto sostener una tortura eterna?

Muchos ya no logran reconciliar:

  • misericordia infinita, con condenación infinita.

Porque incluso la justicia humana moderna rechaza castigos eternos y desproporcionados. Sin embargo, durante siglos se predicó el terror como camino hacia la fe.

Niños crecieron con pesadillas espirituales. Personas destruyeron su autoestima creyéndose permanentemente sucias. Millones obedecieron por miedo, no por amor.

Y entonces aparece otra pregunta incómoda: ¿cuánto del cristianismo fue espiritualidad y cuánto fue administración del miedo?

 

“La obediencia como virtud suprema”

Muchos textos del Nuevo Testamento exaltan la obediencia como valor central.

Obedecer:

  • a Dios; a líderes religiosos; al esposo; a las autoridades; incluso al sufrimiento.

Durante siglos eso construyó subjetividades dóciles. En Efesios 5:22 se lee: “Las casadas estén sujetas a sus propios maridos.”

En Colosenses 3:18: “Mujeres, estad sujetas a vuestros maridos.”

Y aunque hoy muchas iglesias reinterpretan estos textos, durante siglos sirvieron para legitimar relaciones desiguales y silencios forzados.

La pregunta vuelve a aparecer: ¿es divina una enseñanza que normaliza subordinación?

Porque muchas veces la obediencia religiosa terminó anulando:

  • pensamiento crítico; autonomía; deseo; identidad; y libertad personal.

 

“El cuerpo como enemigo”

Otra herencia problemática del Nuevo Testamento es la sospecha constante sobre el cuerpo y el deseo.

La sexualidad fue asociada repetidamente con:

  • pecado; impureza; debilidad; culpa.

Así surgieron generaciones enteras educadas en la vergüenza corporal.

El deseo dejó de ser parte de la experiencia humana para convertirse en amenaza espiritual. Y aunque Jesús casi no habló sobre sexualidad en comparación con otros temas como pobreza, compasión o hipocresía religiosa, gran parte del cristianismo terminó obsesionado con controlar cuerpos.

Especialmente los cuerpos femeninos.

 

 

 

 

“El problema del Apocalipsis”

El libro del Apocalipsis representa quizás una de las imágenes más violentas del Nuevo Testamento: castigos cósmicos, destrucción, juicio, sangre, plagas,
condenación.

Muchos lo consideran esperanza espiritual. Otros lo leen como literatura del miedo. Porque nuevamente aparece un Dios asociado al castigo masivo y a la aniquilación.

La pregunta vuelve inevitablemente: ¿por qué tantas representaciones religiosas necesitan violencia para sostener autoridad?

 

“Cuando la espiritualidad deja de parecerse al miedo”

Quizás la crisis contemporánea no sea una crisis contra Dios. Quizás sea una crisis contra ciertas representaciones religiosas heredadas. Cada vez más personas ya no rechazan necesariamente lo espiritual. Lo que rechazan es:

  • el miedo; la culpa; el autoritarismo; el machismo; la condena; y la violencia sacralizada.

Y por eso comienzan a releer el Nuevo Testamento desde otra sensibilidad:
una que ya no acepta cualquier cosa solo porque esté escrita.

Porque tal vez haya textos que reflejan más:

  • las tensiones culturales de las primeras comunidades cristianas,
    que una verdad divina universal.

 

“La Biblia después del miedo”

Quizá el gran desafío espiritual de nuestra época sea este: aprender a distinguir entre experiencia espiritual y construcción religiosa. Porque no todo lo escrito en nombre de Dios necesariamente revela a Dios.

Y quizá la fe madura comience precisamente cuando dejamos de idolatrar el texto para recuperar la conciencia.

Eso no significa destruir toda la tradición cristiana. Significa algo mucho más profundo: atreverse a preguntarse qué merece seguir siendo sagrado. Tal vez haya palabras que acompañan, liberan y humanizan. Y tal vez haya otras que ya no podemos llamar “Palabra de Dios”. No porque odiemos la Biblia.

Sino porque ya no queremos seguir llamando Divino a aquello que destruye la dignidad humana.

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