Lo que ya no podemos llamar Palabra de Dios - Parte 1 - Hugo Gabriel Oviedo


 



 “El Dios que ya no podemos defender”

Durante siglos nos enseñaron que toda la Biblia debía aceptarse sin cuestionamientos. Cada palabra, cada mandato, cada castigo y cada guerra eran presentados como expresiones perfectas de la voluntad divina. Pero algo comenzó a romperse. Lentamente, muchas personas empezaron a sentir una incomodidad imposible de silenciar: hay textos del Antiguo Testamento que ya no podemos defender éticamente sin traicionar nuestra propia conciencia.

Porque ya no creemos igual.

La humanidad cambió. Cambió nuestra sensibilidad frente al sufrimiento, frente a la violencia, frente a la dignidad humana. Y en ese cambio comenzó también la crisis de ciertas imágenes de Dios.

Ya no resulta sencillo creer en un Dios que extermina ciudades enteras, ordena genocidios, castiga generaciones completas o legitima estructuras de dominación. La imagen de un ser vengador, celoso y violento empezó a desmoronarse frente a preguntas profundamente humanas:

  • ¿Puede el amor absoluto expresarse mediante la crueldad?
  • ¿Puede un Dios bueno ordenar la muerte de inocentes?
  • ¿Puede seguir llamándose “sagrada” una violencia que hoy condenaríamos en cualquier otro contexto?

El problema ya no es solamente teológico. Es moral.

 

“Tachando a Dios: cuando la Biblia deja de ser intocable”

Lo que durante siglos parecía impensable comenzó a ocurrir: la Biblia dejó de ser intocable.

No porque haya perdido importancia histórica o espiritual, sino porque empezó a ser leída como lo que también es: una colección de textos humanos atravesados por culturas antiguas, estructuras patriarcales, conflictos políticos y formas primitivas de comprender lo Divino.

Durante mucho tiempo se enseñó que cuestionar un versículo equivalía a rebelarse contra Dios. Pero quizá el verdadero problema sea otro:
confundir a Dios con todo lo que se escribió sobre Él.

Porque una cosa es la experiencia espiritual. Y otra muy distinta son las interpretaciones humanas de esa experiencia.

La pregunta entonces ya no es: “¿Está escrito?” La pregunta ahora es:
“¿Representa realmente algo digno de ser llamado Divino?”

 

“La caída del Dios violento”

Uno de los mayores quiebres espirituales de nuestra época es la caída del Dios violento.

El Antiguo Testamento contiene relatos donde Dios:

  • destruye pueblos; ordena guerras; envía plagas; endurece corazones; castiga hijos por culpas ajenas; exige obediencia absoluta bajo amenaza de muerte.

Durante siglos esas narraciones fueron normalizadas. Pero leídas hoy generan desconcierto.

En 1 Samuel 15:3, por ejemplo, Dios ordena:

“Mata a hombres, mujeres, niños y aun los de pecho…”

No hay metáfora posible que elimine la brutalidad del texto.

Y entonces aparece una ruptura inevitable: si un gobernante moderno hiciera algo semejante, lo llamaríamos genocida. ¿Por qué cuando aparece en un texto sagrado deberíamos llamarlo amor?

La caída del Dios violento no implica necesariamente la caída de toda espiritualidad. Lo que cae es una determinada representación de Dios: la del soberano absoluto cuya autoridad justifica cualquier atrocidad.

 

“Versículos que envejecieron”

Hay textos bíblicos que hoy producen el mismo efecto que producen ciertas ideas antiguas sobre esclavitud o inferioridad racial: incomodidad.

Versículos que alguna vez fueron utilizados para organizar sociedades enteras hoy resultan incompatibles con los valores humanos más básicos.

Textos que:

  • justifican la subordinación femenina; aceptan la esclavitud; normalizan masacres; reducen a la mujer a propiedad masculina; o presentan el sufrimiento como castigo Divino.

Durante siglos estos versículos fueron defendidos porque se creía que todo lo bíblico era automáticamente bueno. Pero el tiempo hizo algo inevitable:
expuso la fragilidad moral de muchas de esas ideas.

No envejecieron mal porque Dios haya cambiado. Envejecieron mal porque fueron escritos desde mentalidades antiguas.

 

 

“El Antiguo Testamento frente al juicio de la conciencia”

Existe un momento en la vida espiritual donde la conciencia comienza a enfrentarse al texto.

Y cuando eso sucede, ya no alcanza con repetir: “Así lo quiso Dios.”

Porque la conciencia humana también evolucionó.

Hoy sabemos que:

  • exterminar pueblos enteros es inmoral; someter mujeres es injusto; esclavizar personas es inaceptable; matar niños jamás puede justificarse.

Entonces el Antiguo Testamento queda expuesto ante un nuevo tribunal:
el de la ética humana contemporánea.

Muchos creyentes sienten culpa por reconocer esto. Pero quizás haya más honestidad espiritual en cuestionar ciertos textos que en justificarlos desesperadamente.

Porque defender cualquier cosa en nombre de Dios puede terminar destruyendo la idea misma de lo Divino.

 

“¿Y si Dios nunca fue así?”

Y aquí aparece una pregunta profundamente transformadora:
¿y si muchas de las imágenes violentas de Dios no fueran Dios mismo, sino las proyecciones culturales de pueblos antiguos?

¿Y si el problema no fuera Dios, sino la manera en que las sociedades antiguas imaginaron a Dios?

Baruch Spinoza ya sostenía que la Biblia debía leerse históricamente, entendiendo que sus autores escribían desde:

  • sus miedos; sus guerras; sus estructuras políticas; y sus intereses culturales.

Quizá el Dios vengador, tribal y castigador diga más sobre las civilizaciones antiguas que sobre una realidad divina.

Y tal vez la espiritualidad madura comience precisamente cuando dejamos de absolutizar todas las representaciones heredadas.

 

“Textos sagrados, violencias heredadas”

Muchos de los discursos violentos que aún persisten en las religiones tienen raíces bíblicas:

  • misoginia; homofobia; obediencia ciega; castigo; culpa; miedo; exclusión.

Durante siglos esas ideas fueron transmitidas como verdades eternas. Pero en realidad muchas eran simplemente herencias culturales sacralizadas. El problema aparece cuando lo heredado se vuelve incuestionable.

Porque entonces la violencia deja de verse como violencia y comienza a verse como doctrina.

Y allí la religión deja de liberar para empezar a controlar.

 

“Cuando la ética moderna supera a la Biblia”

Quizá una de las ideas más difíciles de aceptar para ciertos sectores religiosos sea esta: en muchos aspectos, la ética contemporánea es moralmente superior a numerosos textos bíblicos.

Hoy defendemos:

  • los derechos humanos; la igualdad de género; la libertad de conciencia; la dignidad infantil; el rechazo a la esclavitud; y la condena a la violencia sistemática.

Muchas de esas convicciones no nacieron literalmente de la Biblia, sino del desarrollo histórico de la conciencia humana.

Eso no significa que la Biblia no tenga belleza espiritual. La tiene. Pero también contiene elementos profundamente problemáticos que ya no podemos romantizar.

La ética avanzó. Y algunas imágenes religiosas quedaron atrás.

 

“El problema no era Sodoma: era Dios”

Durante años se utilizó Sodoma y Gomorra para condenar sexualidades, cuerpos y deseos. Pero quizás el verdadero problema del relato no eran los habitantes de la ciudad.

Quizás el problema era la representación Divina.

Porque el texto muestra a un Dios que:

  • destruye ciudades completas; mata inocentes; elimina animales; convierte a una mujer en estatua de sal por mirar hacia atrás.

La pregunta entonces cambia completamente: ¿qué clase de espiritualidad puede construirse desde el exterminio?

Muchos ya no logran leer este relato como justicia divina. Lo leen como una expresión antigua de religión basada en el miedo y el castigo.

Y esa diferencia cambia todo.

 

“Dios contra los derechos humanos”

Hay una tensión que muchas instituciones religiosas intentan evitar:
si ciertos textos bíblicos fueran aplicados literalmente hoy, entrarían en conflicto directo con los derechos humanos.

Porque numerosos pasajes:

  • justifican violencia; normalizan desigualdades; y subordinan personas en nombre de la autoridad divina.

Eso obliga a tomar una decisión inevitable: o defendemos la dignidad humana,
o defendemos literalmente todos los textos.

Las religiones modernas intentan resolver esta contradicción reinterpretando, contextualizando o ignorando ciertos pasajes. Y quizá allí se revela algo importante: la “tachadura” ya existe.

Simplemente nunca se dijo en voz alta.

 

“La crisis del Dios bíblico”

Tal vez no estamos asistiendo al fin de la espiritualidad.

Tal vez estamos asistiendo al fin de ciertas imágenes de Dios.

La crisis actual no consiste solamente en dejar de creer. Consiste en dejar de creer en determinadas representaciones:

  • el Dios tirano; el Dios castigador; el Dios tribal; el Dios que exige sangre; el Dios que legitima violencia.

Y quizá esa crisis sea necesaria.

Porque tal vez solo después de la caída del Dios violento pueda surgir una espiritualidad más libre: menos basada en el miedo, menos obsesionada con la obediencia, y más cercana a la compasión, la conciencia y la dignidad humana.

Quizá haya textos que ya no necesitamos defender.

No porque odiemos la Biblia. Sino porque ya no podemos llamar “Palabra de Dios” a aquello que destruye la humanidad del ser humano.

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