La Máscara Sagrada - Cuando parecer espiritual importa más que ser humano - Hugo Gabriel Oviedo
La espiritualidad como máscara: cuando el lenguaje
reemplaza a la transformación
“No tienes que poner la cara de
Buda o levitar para ser espiritual. Basta con que seas coherente hasta la
médula y sencillo como un suspiro.”
Vivimos en una época donde la espiritualidad
se ha convertido, muchas veces, en una estética. Una puesta en escena. Un
personaje cuidadosamente construido para parecer elevado, consciente o
iluminado. Hay quienes adoptan una manera particular de hablar, una expresión
serena, ciertos gestos lentos, determinadas frases repetidas como mantras y un
vocabulario casi ritual, creyendo que todo eso constituye una verdadera
transformación interior.
Pero la espiritualidad
auténtica no se encuentra en la apariencia de calma ni en la teatralidad del
discurso. No está en “poner cara de Buda”, ni en aparentar pureza, ni en hablar
constantemente de energía, bendición o iluminación. Mucho menos en repetir
palabras religiosas como si el lenguaje por sí mismo tuviera el poder de
santificar la existencia.
Porque una de las cosas más
profundas —y más peligrosas— que ocurren dentro de los procesos religiosos y
espirituales es precisamente la transformación del lenguaje en identidad.
Toda comunidad crea sus propios
códigos lingüísticos. Ocurre en la política, en los grupos culturales, en las
tribus urbanas, en el deporte y también en las religiones. Allí aparecen
expresiones que funcionan como marcas de pertenencia: “amén”, “hermano”,
“varón”, “bendiciones”, “Dios te guarde”. Y poco a poco muchas personas terminan
creyendo que hablar de esa manera es equivalente a ser espirituales.
Entonces el lenguaje deja de
ser un medio y se convierte en una máscara.
La tragedia es que alguien
puede hablar durante años con vocabulario sagrado y seguir siendo profundamente
incoherente en su vida cotidiana. Puede citar versículos, levantar las manos,
aparentar humildad y, al mismo tiempo, vivir dominado por la soberbia, el
miedo, la manipulación, el ego o el deseo de superioridad moral.
Ahí aparece una de las grandes
contradicciones de ciertas religiones contemporáneas: se promovió desde muchos
púlpitos una espiritualidad irreal, performática, casi teatral. Una
espiritualidad donde la persona siempre parece estar en paz, siempre
“bendecida”, siempre correcta, siempre cerca de Dios. Pero esa imagen no
resiste el peso de la vida real.
Porque la verdadera
espiritualidad no se demuestra en el templo sino en el modo de habitar el
mundo:
- en cómo alguien trata al otro, en cómo actúa cuando nadie lo
observa, en cómo enfrenta el dolor, en cómo asume sus contradicciones, en
cómo sostiene la coherencia entre lo que piensa, lo que dice y lo que
hace.
La coherencia es más espiritual
que cualquier discurso religioso.
Muchas personas comienzan un
camino espiritual dentro de religiones porque sienten que allí encontrarán
protección, sentido o cercanía con Dios. Y es comprensible. La religión ofrece
comunidad, símbolos, lenguaje y certezas. Pero también puede convertirse en una
prisión psicológica cuando el creyente deja de buscar verdad y comienza solamente
a representar un papel.
Algunos logran salir de esas
estructuras después de experimentar decepción, manipulación o desencanto.
Descubren contradicciones, abusos de poder o discursos destructivos ocultos
detrás de palabras sagradas. Y entonces despiertan. Rompen con ciertas
creencias. Se alejan de determinados líderes o instituciones.
Sin embargo, muchas veces no
abandonan el lenguaje.
Conservan las expresiones, el
tono, la identidad verbal, porque creen que allí todavía habita “lo
espiritual”. Como si la esencia estuviera en las palabras y no en la
conciencia.
Pero el lenguaje contiene
intención, energía y visión del mundo. Si uno realmente desea liberarse de
estructuras que ya no considera auténticas, también debe revisar las palabras
con las que piensa y se relaciona con la realidad.
No porque exista algo malo en
decir “amén” o “hermano”, sino porque ninguna palabra vuelve espiritual a una
persona.
Y quizá ahí exista una
confusión todavía más profunda: la obsesión por querer ser “espirituales” antes
que humanos.
Tal vez el problema comenzó
cuando empezamos a imaginar la espiritualidad como algo separado de la vida
común. Como si lo espiritual estuviera en elevarse por encima de lo humano y no
en habitarlo plenamente. Entonces aparecen individuos intentando parecer
sabios, iluminados, elevados, desconectados de lo terrenal, cuando en realidad
siguen sin saber relacionarse honestamente consigo mismos y con los demás.
Quizá más que buscar ser
espirituales deberíamos aprender a ser más terrenales. Más normales. Más
humanos.
Más capaces de reconocer
nuestras contradicciones sin disfrazarlas de santidad. Más sencillos al hablar.
Más honestos al vivir. Más reales en nuestras emociones. Más conscientes de
nuestras sombras. Más humildes frente al misterio de existir.
Porque hay una enorme
diferencia entre trascender el ego y construir un ego espiritual.
A veces una persona sencilla,
que trabaja, ama, escucha, ayuda y vive coherentemente sin necesidad de
aparentar iluminación, está mucho más cerca de algo verdadero que quien pasa la
vida intentando demostrar cuán despierto está.
La espiritualidad verdadera
probablemente sea mucho más simple y silenciosa de lo que imaginamos. Tal vez
esté más cerca de la honestidad que del misticismo. Más cerca de la compasión
que de los símbolos. Más cerca de la coherencia que de las doctrinas.
Incluso Søren Kierkegaard
denunciaba cómo el cristianismo institucional de su época había reemplazado la
experiencia interior por una religiosidad superficial y cómoda. Y Friedrich
Nietzsche criticaba la moral religiosa cuando esta se convertía en máscara,
resentimiento o negación de la vida.
Ambos, desde lugares distintos,
parecían advertir el mismo peligro: cuando la espiritualidad se transforma en
actuación, deja de ser una búsqueda de verdad y pasa a ser una forma refinada
de autoengaño.
Quizás por eso hoy necesitamos
recuperar una espiritualidad menos obsesionada con parecer elevada y más
comprometida con ser humana. Una espiritualidad sencilla. Sin personajes
sagrados. Sin necesidad de aparentar iluminación. Sin palabras vacías repetidas
mecánicamente.
Porque no hace falta levitar
para estar despierto. Basta con vivir de manera coherente hasta la médula.

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