El Negocio de "Salvar Almas" - Hugo Gabriel Oviedo
La guerra espiritual que nunca apareció en los libros de
historia
Hay una pregunta que incomoda demasiado como para hacerse
en voz alta: ¿Y si parte del crecimiento del evangelismo en América Latina no
fue solamente un fenómeno espiritual… sino también político?
¿Y si detrás de algunos púlpitos había geopolítica? ¿Y si
detrás de ciertos misioneros había intereses económicos? ¿Y si el “avivamiento”
también fue una estrategia?
Porque la historia real nunca es tan inocente como la
cuentan.






Durante la Guerra Fría, Estados Unidos tenía un problema
enorme: América Latina empezaba a pensar.
Campesinos organizándose. Sindicatos creciendo. Universitarios
leyendo marxismo. Sacerdotes hablando de justicia social. Pueblos preguntándose
por qué eran pobres. Y cuando los pobres empiezan a hacerse preguntas
colectivas, el poder tiembla.
Ahí aparece un elemento fundamental que casi nunca se
enseña en la escuela: la batalla no era solamente militar. Era cultural. Espiritual.
Psicológica.
Central Intelligence Agency entendía algo clave: si
querés controlar una región durante décadas, no alcanza con armas.
Necesitás moldear mentalidades. Y ahí la religión podía
convertirse en un instrumento perfecto. No porque todos los pastores fueran
agentes. No porque cada iglesia fuera una conspiración. La realidad es mucho
más compleja… y justamente por eso más inquietante.
Lo que existió fue una convergencia de intereses.
Mientras sectores de la Catholic Church vinculados a la
Liberation Theology empezaban a hablar de desigualdad, explotación y lucha
social, ciertos movimientos evangélicos conservadores predicaban algo muy
diferente:
- salvación
individual,
- obediencia,
- prosperidad
personal,
- rechazo al
conflicto político,
- sumisión a la
autoridad.
Y eso encajaba perfectamente con el anticomunismo
norteamericano.





Entonces apareció un fenómeno extraño.
Misioneros llegando antes que las petroleras. Radios
religiosas financiadas.
Organizaciones “espirituales” funcionando como redes de influencia cultural.
Iglesias promoviendo resignación mientras las dictaduras desaparecían personas.
Y el mensaje se repetía una y otra vez: “No te rebeles.
Orá.” Si tu sufrimiento es una prueba divina, entonces ya no necesitás
revolución. Necesitás paciencia.
Ahí la espiritualidad deja de ser solamente fe. Se vuelve
administración emocional de las masas.
Paulo Freire lo entendió perfectamente: la opresión más
eficiente no siempre usa violencia física. A veces enseña a los oprimidos a
aceptar el mundo tal como está. Y quizá eso explique algo incómodo:
¿por qué muchas iglesias crecieron explosivamente
justamente en las regiones más golpeadas por la pobreza, la desigualdad y la
violencia?
Porque cuando el Estado desaparece, la iglesia aparece. Da
comida.
Comunidad. Sentido. Contención. Y eso es real. Muy real.
Por eso este tema es tan difícil.
Porque no se puede negar que millones de personas
encontraron ayuda genuina dentro de comunidades religiosas. El problema aparece
cuando esa contención emocional también funciona como desmovilización política.
Cuando el mensaje deja de ser: “transformemos el mundo” y
pasa a ser: “esperemos el cielo.”
Noam Chomsky explicó muchas veces cómo los grandes
poderes necesitan fabricar consenso cultural para sostener sistemas económicos.
Michel Foucault mostró cómo las instituciones producen subjetividades
obedientes. Eduardo Galeano denunció durante décadas la relación entre
colonialismo, recursos naturales y dependencia latinoamericana.
Y entonces la pregunta empieza a volverse más oscura:
¿cuántas veces Dios fue utilizado como cobertura del
poder?





Porque las iglesias crecieron. Y crecieron muchísimo.
Pero junto con el crecimiento espiritual apareció otra
cosa: imperios económicos. Canales de televisión. Radios. Universidades. Bancos.
Partidos políticos. Lobbies. Candidatos respaldados desde el púlpito.
La religión dejó de ser solamente espiritualidad. Se
convirtió también en estructura empresarial. Y ahí aparece algo profundamente
perturbador: quizás el sistema ya no necesita financiar ciertas iglesias.
Porque ahora el negocio se autofinancia.
Pastores millonarios predicando sacrificio a trabajadores
pobres. Políticos usando versículos para conseguir votos. Multitudes
confundiendo fe con identidad partidaria. Y mientras tanto, la pregunta
esencial queda enterrada:
¿la religión libera… o domestica? La respuesta
probablemente sea ambas.
Porque la religión fue capaz de inspirar a personas
extraordinarias:
- Martin Luther King
Jr., Óscar Romero, Desmond Tutu.
Pero también fue usada para justificar:
- colonización, censura,
guerras, obediencia ciega, control social.
Ahí está la contradicción humana completa.
La espiritualidad puede ser una herramienta de liberación
interior…
o una tecnología de obediencia masiva.
Depende de quién interpreta a Dios. Y sobre todo: depende
de quién se beneficia. Quizás por eso el verdadero acto revolucionario hoy no
sea dejar de creer. Tal vez sea algo mucho más difícil: pensar.
Pensar incluso contra aquello que heredaste. Pensar
aunque incomode a tu familia. Pensar aunque el grupo te mire raro. Pensar
aunque el miedo aparezca. Porque toda estructura que necesita que no preguntes…
ya te está diciendo demasiado. Y quizás la pregunta más peligrosa de todas sea
esta: si Dios realmente quisiera personas libres…
¿por qué tantas instituciones religiosas necesitan creyentes obedientes?

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