Política y Religión, ¿quién decide en qué creemos? - Hugo Gabriel Oviedo

 





1. El problema: lo sagrado no es inocente

¿Quién tiene el poder para decidir qué es sagrado y qué es herejía?
La pregunta parece religiosa, pero en realidad es profundamente política.

Porque lo sagrado no surge en el vacío. No es simplemente una revelación pura ni una verdad que cae del cielo: es una construcción que se legitima, se impone y se defiende. Y en ese proceso, el poder siempre está en juego.

 

2. Religión como legitimación del orden

Para Karl Marx, la religión funciona como una forma de ideología: no solo consuela, sino que también justifica. Es el “opio del pueblo” porque calma el dolor… pero también porque adormece la crítica.

Desde esta perspectiva, lo sagrado no es neutral: convierte el orden social en algo natural, necesario, incluso Divino. La desigualdad deja de ser un problema histórico para convertirse en destino.

 

3. El poder del carisma y la transformación

Sin embargo, reducir la religión a mera dominación sería simplificarla demasiado. Max Weber introduce una tensión clave: la autoridad carismática.

El líder religioso no solo conserva el orden: puede también romperlo.
El carisma —esa cualidad extraordinaria atribuida a ciertas figuras— tiene la capacidad de movilizar, transformar y hasta revolucionar estructuras sociales.

La religión, entonces, no solo reproduce el poder: también puede reconfigurarlo.

 

4. Gobernar las almas

Con Michel Foucault, el análisis se vuelve más profundo. Ya no se trata solo de ideología o liderazgo, sino de una forma específica de poder: el poder pastoral.

Este poder no se impone únicamente desde afuera; actúa desde adentro.
Guía las conciencias, produce subjetividades, modela deseos, culpas y formas de ser. No es solo un poder que prohíbe. Es un poder que fabrica sujetos.

 

5. La religión como categoría de poder

Talal Asad da un paso más radical: cuestiona la propia idea de “religión”.

Según él, la distinción entre lo religioso y lo político no es universal, sino una construcción histórica del pensamiento occidental moderno, profundamente ligada al colonialismo.

En muchas sociedades, esa separación simplemente no existe. Lo que llamamos “religión” ya es, en sí mismo, un producto del poder.

 

 

6. La paradoja: unir y dividir

Entonces, ¿la religión une o divide?

Para Émile Durkheim, la religión es esencialmente integradora. Los rituales generan lo que llamó efervescencia colectiva: una energía compartida que refuerza el sentido de pertenencia.

Pero esa misma fuerza que une hacia adentro… también delimita hacia afuera.

Toda identidad implica una frontera: un “nosotros” frente a un “ellos”.

Cuando la religión se entrelaza con identidades políticas, étnicas o nacionales, puede intensificar tanto la cooperación como el conflicto. No es la diversidad en sí lo que genera violencia, sino su politización.

 

7. Entonces, ¿quién decide?

Volvemos a la pregunta inicial.

¿Quién define la ortodoxia y la herejía?

No hay una respuesta única, pero sí una pista clara: lo sagrado no se define solo en el plano espiritual, sino en el campo de las relaciones de poder.

Decidir qué es sagrado es, en última instancia, decidir:

  • qué es verdadero
  • qué es legítimo
  • y quién tiene autoridad para decirlo

 

8. La religión como espejo del poder

Tal vez la pregunta más inquietante no sea si la religión une o divide.

Sino esta: ¿qué tipo de poder se está ejerciendo cuando algo se vuelve sagrado?

Porque allí donde algo se declara incuestionable, donde una verdad se vuelve absoluta, donde una norma se reviste de eternidad…el poder deja de parecer poder. Y es justamente ahí donde se vuelve más efectivo.

Pero hay algo más incómodo todavía.

Si lo sagrado no es más que una construcción legitimada por relaciones de poder, entonces creer no es un acto puramente espiritual: es también, queramos o no, un acto político.

Y en ese punto, la pregunta deja de ser abstracta.

Ya no se trata de quién decide en qué creemos. Sino de algo mucho más inquietante: ¿hasta qué punto nuestras creencias son realmente nuestras…y no el resultado de un poder que aprendimos a llamar verdad?


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