El Propósito de Dios - Hugo Gabriel Oviedo
Hay
una frase que escuchamos constantemente en muchos ámbitos religiosos: “Tienes
que congregarte”. No como una invitación libre o una posibilidad
espiritual, sino como una obligación existencial. Nos dicen que si dejamos de
asistir a la iglesia comenzamos a “enfriarnos”; que si nos alejamos de la
congregación perdemos nuestro propósito; que si abandonamos la comunidad
ponemos en riesgo nuestra familia, nuestra vida espiritual e incluso nuestra
salvación. Todo parece quedar condicionado a permanecer dentro.
Y
entonces aparece una pregunta incómoda: ¿desde cuándo nuestra vida depende de
asistir a un edificio dos veces por semana?
Detrás
de esa idea existe una estructura mucho más profunda. Muchas iglesias
contemporáneas han construido una narrativa donde el sentido mismo de la
existencia parece depender de pertenecer a una comunidad religiosa organizada.
No basta con creer, pensar o vivir una espiritualidad personal. Tenemos que
asistir, participar, servir, diezmar, involucrarnos. Tenemos que permanecer dentro
del sistema. Porque afuera —nos dicen— está el peligro, el vacío, la pérdida
del propósito y hasta la destrucción personal.
Así,
la religión deja de ser únicamente una experiencia espiritual y comienza a
funcionar como una estructura de pertenencia emocional y simbólica. La iglesia
se convierte en el centro absoluto de nuestra existencia. Allí se administra el
tiempo, los vínculos, las decisiones, la moral y hasta la identidad. Qué
escuchar, cómo vestirnos, cómo hablar, con quién relacionarnos, qué desear, qué
pensar y hasta cómo interpretar el sufrimiento. Todo queda atravesado por un
discurso que promete sentido, pero que muchas veces produce dependencia.
Michel
Foucault explicaba que las instituciones no solo organizan personas: también
producen subjetividades. Es decir, moldean la forma en que nos percibimos a
nosotros mismos y entendemos el mundo. Y muchas comunidades religiosas
funcionan exactamente así. Instalan una idea poderosa: que nuestra vida solo
tiene valor si está subordinada a “un propósito divino”.
Pero
¿qué significa realmente “cumplir el propósito”?
Porque,
si lo observamos detenidamente, muchas veces ese propósito termina reducido a
sostener el funcionamiento interno de la propia institución:
- tocar en la alabanza,
- liderar jóvenes,
- limpiar el salón,
- abrir células,
- evangelizar,
- predicar,
- servir dentro de cuatro
paredes.
Todo
termina girando alrededor de la misma estructura. Y entonces surge otra
pregunta todavía más incómoda:
¿El
propósito de la vida es vivir… o mantener funcionando una organización
religiosa?
La
contradicción se volvió evidente durante la pandemia. Los templos cerraron. Los
auditorios quedaron vacíos. Ya no podíamos asistir a reuniones presenciales. Y,
sin embargo, seguimos existiendo. Seguimos creyendo, pensando, amando, sufriendo,
orando y viviendo.
En
ese momento muchos encontraron versículos para justificar las reuniones en
hogares y las transmisiones virtuales. Se repetía constantemente que “la
iglesia somos nosotros y no las paredes”. Pero apenas terminó la pandemia, el
edificio volvió a ocupar el lugar central. Otra vez el templo se transformó en
algo casi sagrado e indispensable para “cumplir el propósito”.
Entonces
nos preguntamos: si durante meses se sostuvo que la iglesia éramos las
personas… ¿por qué después se volvió a tratar al lugar físico como si fuera
imprescindible para la vida espiritual?
Quizás
porque muchas veces no se trata solamente de espiritualidad, sino también de
control simbólico. El templo no es solo un espacio religioso: es el centro
desde donde se ordena el sentido de la vida de los creyentes.
Porque
tal vez la pregunta no sea: “¿Estamos cumpliendo el propósito de Dios?”
Tal
vez la verdadera pregunta sea: ¿quién instaló en nosotros la idea de que la
existencia necesita obligatoriamente un propósito trascendente para tener
valor?
¿Y
si no hubiera un “llamado” que cumplir? ¿Y si la vida no fuera una misión
cósmica? ¿Y si existir no necesitara justificación?
Quizá
el sentido no esté en convertirnos en pastores, líderes o servidores dentro de
una estructura religiosa. Quizá tampoco en pasar años intentando descubrir “el
propósito divino”.
¿Y
si el verdadero sentido fuera mucho más simple?
Compartir
una comida con nuestra familia. Reír con amigos.
Amar. Descansar. Contemplar. Agradecer. Vivir momentos cotidianos sin convertir
cada instante en una obligación espiritual.
Albert
Camus sostenía que el ser humano puede crear sentido incluso en un universo que
no ofrece respuestas definitivas. Y quizá allí exista una libertad que muchas
religiones temen: la posibilidad de vivir sin ansiedad metafísica permanente.
Porque
el discurso del propósito produce miedo. Miedo a desviarnos. Miedo a perder el
llamado. Miedo a apartarnos. Miedo a dejar de congregarnos.
Miedo a vivir fuera de la estructura.
Y
en nombre de ese miedo, muchas personas entregamos años enteros de nuestra
existencia a dinámicas repetitivas, rutinarias y cerradas donde terminamos
predicándonos entre nosotros, cantándonos entre nosotros y sosteniendo una
maquinaria institucional que promete plenitud mientras agota lentamente nuestra
experiencia vital.
Tal
vez muchas iglesias no nos enseñan realmente a vivir. Nos enseñan a permanecer.
Permanecer
ocupados. Permanecer sirviendo. Permanecer congregados. Permanecer dentro.
Pero
quizás el verdadero escándalo sea este: que después de años buscando “el
propósito de Dios”, muchos de nosotros nunca aprendimos simplemente a vivir.
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