Dios No Tiene Sentimientos - Hugo Gabriel Oviedo
El fin de un consuelo
Hay ideas que no nacen para tranquilizar. Nacen para romper. Decir que Dios no tiene sentimientos no es una provocación gratuita… es una ruptura con una de las creencias más arraigadas del ser humano: la necesidad de que exista alguien allá arriba que sienta por nosotros. Porque si Dios siente… entonces puede amar. Y si puede amar… entonces puede elegir. Y si puede elegir… entonces puede preferir. Pero ahí empieza el problema.
Imaginemos una escena simple, casi incómoda. De un lado, una oración: “Dios, dame un auto”. Del otro, la oración de un niño que acaba de perder su casa bajo una bomba, que quedó en la calle, sin nada. Si usted tuviera que responder una sola… ¿a quién elegiría? La respuesta es inmediata. No hay que pensar demasiado: elegiría al niño. ¿Por qué? Por empatía. Por dolor. Por humanidad. Pero entonces, sin darse cuenta, ha revelado algo profundo: ha actuado por sentimiento. Y si Dios actuara así, si respondiera en función de lo que siente, estaría condicionado por el sufrimiento humano. Reaccionaría ante el dolor, ante la urgencia, ante la emoción. Sería, en definitiva, un ser reactivo. Y un Dios que reacciona… ya no es Dios. Es alguien afectado por lo que ocurre. Ahí se derrumba la imagen.
Porque Dios, si es absoluto, no puede estar sujeto a nada. Ni siquiera al sufrimiento más desgarrador. No elige. No interviene. No prioriza. La lluvia no cae menos en la ciudad de los “buenos” ni más en la de los “malos”. El rayo no se detiene a evaluar la moral de la casa en la que va a caer. La naturaleza no juzga. Y si Dios es absoluto… tampoco. La idea de un Dios que premia y castiga, que bendice al obediente y castiga al desobediente, no describe a Dios. Describe al hombre. Es el hombre el que necesita proyectar en Dios sus propias estructuras: justicia, castigo, recompensa, favoritismo.
Como en muchos relatos del Antiguo Testamento, donde aparece un Dios celoso, iracundo, emocional. Un Dios profundamente humano. Pero tal vez ese Dios no sea más que un espejo. El hombre humanizó a Dios porque no soporta lo contrario: un Dios sin rostro, sin emociones, sin intención. Porque un Dios así… no consuela. Y sin embargo, es más coherente. Un Dios sin sentimientos no ama. Pero tampoco odia. No desea. No espera. Porque desear implica falta. Y a Dios nada le falta. No busca nada de nosotros. No responde a nuestra obediencia. No ajusta su accionar según nuestras acciones. No hay negociación posible. Dios no es voluntad en el sentido humano. Dios es ley. Una ley absoluta, impersonal, inquebrantable.
Como una corriente eléctrica infinita: no distingue entre buenos y malos. Si alguien introduce el dedo en un enchufe, la electricidad no pregunta por su fe, su moral o su historia. Actúa. No como castigo. Sino como consecuencia. Y así funciona todo. No hay castigo divino. Hay leyes. Y la ignorancia de esas leyes… trae consecuencias inevitables. No porque alguien las imponga, sino porque todo cae por su propio peso. Pero entonces aparece la grieta más profunda, la pregunta que incomoda incluso dentro de esta lógica: Si Dios no ama… ¿por qué el amor aparece como ley? Ahí está la clave. El amor no es un sentimiento divino. Es una ley de funcionamiento. Como la gravedad… pero ética. No viene de Dios como emoción, sino como principio estructural del orden humano. Es la forma en que la vida se sostiene sin destruirse.
O más profundamente aún: el amor es la manera en que el ser humano se alinea con el orden del todo. No es un mandato sentimental. Es una condición de equilibrio. Por eso, cuando Jesús de Nazaret habla del amor, no necesariamente está describiendo cómo siente Dios… sino cómo funciona la existencia. Amar no es agradar a Dios. Es comprender la ley. Y vivir en consecuencia. En este punto, el consuelo desaparece. Porque ya no hay un Dios que escuche oraciones para intervenir en lo particular. No hay un Dios que tenga favoritos.
No hay un Dios que decida salvar a unos y dejar caer a otros. Esa idea… es infantil. Es la fe en su etapa más primaria: la necesidad de ser elegido. Pero cuando la fe madura, esa imagen se desarma. Y lo que queda no es menos Dios…sino un Dios más difícil de aceptar. Un Dios silencioso. Impersonal. Absoluto. Un Dios que no responde…pero en el que todo ocurre. Como pensaba Baruch Spinoza: no un Dios que decide, sino un Dios que es. Y tal vez, como intuía Friedrich Nietzsche, el verdadero problema no sea Dios…sino que el hombre no soporta vivir sin la ilusión de que alguien, en algún lugar, lo está mirando con amor.

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