Dios No Humilla Ni Enaltece a Nadie - Hugo Gabriel Oviedo
Un delantero camina hacia el punto penal. El estadio contiene la respiración. No es sólo un tiro: es una escena cargada de historia, de esfuerzo, de expectativas. Patea… la pica… y la pelota se pierde por encima del travesaño. Error. Nada más humano que eso. Sin embargo, después del partido, aparece otra lectura. El jugador N° 9 explica lo sucedido desde su fe: Dios lo humilló. Porque “el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido”. Y ahí, más que el penal errado, aparece algo más interesante. La interpretación. Porque lo que está en juego no es si la pelota entró o no. Lo que está en juego es cómo le damos sentido a lo que pasa. Decir que Dios lo humilló supone algo fuerte: que existe una voluntad divina que interviene en una jugada puntual para corregir una actitud.
Que Dios observa el gesto —picar la pelota—, lo juzga como soberbia, y responde con una lección. Pero, ¿realmente funciona así? Si fuera así, el mundo sería un tablero perfectamente moral. Cada acto de “orgullo” recibiría su castigo inmediato. Cada gesto de humildad, su recompensa. Y sin embargo, la realidad no se comporta de ese modo. Jugadores soberbios hacen goles brillantes. Personas humildes fallan. Equipos enteros ganan o pierden por una multiplicidad de factores que exceden a una sola decisión. El fútbol, como la vida, no es una parábola moral. Es un sistema complejo. Un partido no depende de un solo jugador, ni de una sola jugada, ni de un solo penal. Depende de un equipo, de estrategias, de errores acumulados, de aciertos, de contextos.
Reducir todo eso a una intervención divina que “humilla” a alguien es simplificar la realidad hasta volverla casi infantil. Porque entonces, ¿qué significa intentar una jugada distinta? ¿Es soberbia tirar un caño? ¿Es orgullo hacer un sombrero? ¿Es enaltecerse buscar belleza en el juego? Si cada intento creativo puede ser leído como arrogancia castigada por Dios, entonces el juego pierde su esencia. Se vuelve miedo. Se vuelve cálculo. Se vuelve obediencia. Pero hay algo aún más interesante… una contradicción que muchas veces pasa desapercibida. El mismo versículo que se utiliza para justificar la “humillación” dice también: “el que se humilla será enaltecido”. Es decir, no sólo promete castigo al que se eleva, sino también recompensa al que se humilla. Y ahí aparece una tensión difícil de ignorar. Contradicción interna del propio discurso.
Porque dentro del discurso creyente —como el de Maravilla o tantos otros— se insiste en que no hay que buscar el enaltecimiento, que Dios está con los humildes, que el reconocimiento no importa. Sin embargo, el propio versículo asegura que, tarde o temprano, el humilde será elevado. Entonces, ¿en qué quedamos? ¿La humildad es un fin en sí mismo… o un camino hacia la exaltación? Porque si la humildad conduce al enaltecimiento, aunque sea en otro plano, deja de ser pura. Se vuelve, aunque sea de manera sutil, una forma diferida de recompensa. Una promesa. Un resultado. Y así, lo que parecía una renuncia al ego puede transformarse en una estrategia más sofisticada del mismo. Una especie de orgullo invertido.
Aquí es donde la idea empieza a resquebrajarse. Porque si Dios humilla a unos y enaltece a otros, entonces no sólo interviene… también jerarquiza. Clasifica. Distribuye posiciones. Se vuelve un administrador de méritos. Un Dios que mide. Un Dios que compara. Un Dios demasiado humano. Pero, ¿y si no es así? ¿Y si Dios —o la esencia divina— no está en esa lógica de subir y bajar, de humillar y exaltar? ¿Y si no hay una balanza moral operando en cada acción cotidiana? Tal vez lo divino no decide si la pelota entra o no. Tal vez no castiga una jugada ni premia una actitud. Tal vez no humilla… ni enaltece. Tal vez simplemente no juega ese juego.
Y entonces, el error vuelve a su lugar original: Fue una decisión. Y como toda decisión, podía salir bien… o mal. Nada más. No todo lo que nos pasa es un mensaje. No todo error es una lección enviada desde arriba. No todo fracaso es una humillación divina. A veces… es simplemente un error. Y reconocerlo no nos aleja de lo divino. Tal vez nos acerca. Porque nos devuelve a nuestra condición humana, imperfecta, limitada, pero también libre. Libre para intentar. Libre para fallar. Libre para volver a jugar. Y quizás, en esa libertad —y no en el castigo, ni en la promesa de ser elevados— sea donde realmente habita lo sagrado.

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