Dios ha muerto - Hugo Gabriel Oviedo


 


Cuando Dios muere en nosotros: el umbral del pensamiento

No fue un acto, ni una decisión consciente. No nos levantamos un día diciendo que íbamos a dejar de creer. Más bien, ocurrió lentamente, casi en silencio, como se derrumban las estructuras que durante mucho tiempo parecían inamovibles.

Durante años —quizás siglos en nosotros— habitamos una imagen de Dios que ordenaba el mundo: un Dios que juzga, que castiga, que premia, que observa. Un Dios que garantizaba el bien y el mal, que sostenía el sentido, que ofrecía respuestas antes incluso de que las preguntas se formularan del todo.

Pero algo empezó a resquebrajarse.

No fue necesariamente una negación frontal. Fue, más bien, una incomodidad creciente. Una sospecha. Una distancia. Como si esa imagen ya no lograra sostener lo que vivíamos, lo que pensábamos, lo que experimentábamos. Y entonces, sin darnos cuenta del todo, empezamos a desplazarnos.

En ese movimiento, nos encontramos —quizás sin buscarlo— con la intuición de Friedrich Nietzsche. Pero no como una frase leída o repetida, sino como una experiencia vivida: “Dios ha muerto”.

No el absoluto, no lo inefable, no lo que escapa a toda representación. Lo que ha muerto en nosotros es ese Dios construido a imagen del hombre: moral, vigilante, estructurador. Un Dios funcional a un orden, a una época, a una necesidad de certeza.

Y cuando ese Dios cae, no cae solo.

Con él se derrumban también las seguridades que sostenía: la idea de una verdad única, la tranquilidad de una moral dada, la comodidad de un sentido ya establecido.

Nos encontramos entonces en un umbral.

Porque la caída de esa figura no nos deja automáticamente en la libertad. Primero nos deja en el vacío. Un espacio donde ya no hay respuestas garantizadas, donde las preguntas no encuentran un sostén externo.

Y en ese vacío, podemos extraviarnos.

Podemos intentar reconstruir rápidamente nuevas certezas para no sentir la intemperie. Podemos negar lo que ha ocurrido y aferrarnos a viejas formas. O podemos, y esto es lo más difícil, permanecer ahí el tiempo suficiente como para comprender lo que verdaderamente está en juego.

Porque si ese Dios ha muerto en nosotros, lo que queda no es simplemente la ausencia.

Lo que queda es la responsabilidad.

Ya no podemos sostener nuestras decisiones en una estructura externa que las legitime. Ya no podemos refugiarnos en una verdad dada. Ya no podemos vivir desde una obediencia sin pensamiento.

Y entonces emerge una pregunta más radical, más incómoda:

¿qué hacemos ahora?

No en abstracto, sino en la forma concreta de vivir. ¿Cómo pensamos el bien sin una instancia que lo dicte? ¿Cómo construimos sentido sin una promesa que lo garantice? ¿Cómo habitamos el mundo cuando ya no hay un centro que lo ordene desde fuera?

En este punto, comprendemos que la frase de Nietzsche no era el final de algo, sino el comienzo de una exigencia.

No se trataba de destruir, sino de abrir.

Y en esa apertura, nos encontramos con algo que, al principio, pesa: la libertad. No como una palabra celebrada, sino como una tarea. Como la necesidad de asumir que somos nosotros quienes debemos dar forma a aquello que antes recibíamos.

Pero incluso esa libertad no es absoluta ni pura. Como nos enseñan pensadores como Michel Foucault, pensamos desde historias, desde discursos, desde estructuras que nos atraviesan. No partimos de cero. No somos completamente autónomos.

Y sin embargo, en esa tensión —entre lo que nos constituye y lo que podemos transformar— aparece nuestro verdadero espacio.

No el de la certeza, sino el de la conciencia.

Comprendemos entonces que no hemos salido de la filosofía. Hemos entrado en ella de otro modo. Ya no como un sistema de ideas que se estudian desde afuera, sino como un movimiento que nos atraviesa.

La historia de la filosofía deja de ser una sucesión de nombres y teorías.

Se vuelve experiencia.

Porque en nosotros ha estado el asombro de los primeros pensadores, la búsqueda de sentido, la fe en un orden, la crisis de ese orden, la caída de las certezas y la aparición de una libertad que no sabíamos si queríamos.

Y ahora, en este punto, no tenemos una respuesta final.

Pero sí tenemos algo más preciso:

la conciencia de que no podemos volver atrás.

Ese Dios —esa imagen— ha muerto en nosotros.

Y lo que sigue no es reemplazarlo rápidamente, sino aprender a vivir en este nuevo espacio.

Un espacio sin garantías, pero no sin sentido.

Un espacio donde el sentido ya no se recibe…se construye.

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