Jesús, el Filósofo por Excelencia - Parte 2 - Baruch Spinoza - Hugo Gabriel Oviedo


 



Si Jesús viviera hoy, probablemente sería acusado de hereje por muchos de los que dicen seguirlo. Y quizás ese sea el primer dato filosófico relevante.

     Porque si algo desestabiliza su figura es que no funda una religión del miedo, sino una ética de la potencia interior. No llama a obedecer ciegamente, sino a transformar la mirada. No organiza un sistema metafísico cerrado, sino que introduce una ruptura en la forma de comprender el poder, la comunidad y lo divino.

     Aquí es donde la lectura desde Baruch Spinoza se vuelve explosiva.

     Si Dios no es un soberano externo que premia y castiga, sino la sustancia infinita que se expresa en todo lo que existe, entonces la experiencia de Dios no consiste en someterse, sino en comprender. No es obediencia, es lucidez. No es temor, es aumento de potencia.

     Jesús no actúa como representante de un poder trascendente que viene a imponerse. Actúa como quien vive desde una conciencia expandida de la unidad. Cuando habla del Reino, no habla de una geografía futura, sino de una forma distinta de estar en el mundo. No dice “esperen”, dice “despierten”.

     En esto, incluso Friedrich Nietzsche —a pesar de su crítica feroz al cristianismo— percibe algo radical: distingue entre Jesús y la religión posterior. El primero encarna una forma de vida afirmativa; la segunda institucionaliza la culpa y el resentimiento. Nietzsche ve en Jesús una figura que no reacciona, que no se mueve por resentimiento, que no organiza una moral de venganza. Vive desde una interioridad soberana.

     Eso coincide sorprendentemente con la ética espinosiana: el hombre libre no actúa por pasiones tristes, sino por comprensión adecuada. No responde desde la herida, sino desde la claridad.

     Pero hay más.

     Søren Kierkegaard subraya que el cristianismo auténtico no es pertenencia sociológica, sino decisión existencial. Seguir a Jesús no es repetir fórmulas, es asumir una forma de vida que rompe con la comodidad del sistema. En términos espinosianos, es pasar de la imaginación a la comprensión. Es dejar de vivir determinados por afectos externos y comenzar a actuar desde la interioridad consciente.

     Incluso desde la dialéctica de G.W.F. Hegel, la figura de Jesús puede leerse como momento en que lo infinito se reconoce en lo finito. No como milagro ontológico aislado, sino como revelación de que el espíritu absoluto no está fuera de la historia, sino realizándose en ella. La encarnación, en clave filosófica, no sería una interrupción de la naturaleza, sino su autoconciencia.

     Y si miramos desde Michel Foucault, la radicalidad de Jesús adquiere otra dimensión: su confrontación con los dispositivos de poder religioso. No impugna el poder con violencia, sino desactivando sus mecanismos simbólicos. Desplaza la autoridad del templo a la conciencia. Quita el monopolio de lo sagrado a las instituciones. Eso no es solo espiritualidad; es política.

     Lo verdaderamente provocador es esto:

     Si Dios es inmanente, si la sustancia infinita nos habita, entonces la distancia entre Jesús y nosotros no es ontológica, sino existencial. No se trata de adorarlo como excepción imposible, sino de comprender la posibilidad que encarna.

     La herejía espinosiana consiste en afirmar que no hay seres caídos que necesiten redención externa. Hay modos finitos que pueden comprender su pertenencia a la infinitud. La libertad no es ruptura con la necesidad, sino comprensión de ella.

     Jesús no habría venido a salvarnos de nuestra naturaleza, sino a revelarnos su profundidad.

     Y esto desarma dos extremos contemporáneos:

— El espiritualismo que busca huir del mundo hacia una trascendencia abstracta.
— El materialismo que reduce lo humano a pura mecánica sin sentido.

     La inmanencia radical supera ambos. Lo espiritual no está “más allá”; está en el modo en que comprendemos y vivimos nuestra pertenencia a la totalidad.

    La beatitud, entonces, no es premio futuro. Es aumento de potencia presente. No es evasión del dolor, sino transformación de la relación con él. No es negación del conflicto, sino comprensión de su lugar en la necesidad universal.

    Jesús no propone resignación. Tampoco propone utopía ingenua. Propone una revolución silenciosa: cambiar la estructura interna desde la cual actuamos.

     Eso es profundamente filosófico.

     Y profundamente peligroso para cualquier sistema que necesite sujetos culpables y dependientes.

     Si lo pensamos así, Jesús no es el fundador de una religión del sometimiento, sino el testigo de una libertad interior que ningún poder puede confiscar.

      La pregunta ya no sería entonces: ¿Es Jesús Dios?

     Sino algo mucho más incómodo:

     ¿Estamos dispuestos a asumir la potencia que implica que lo divino no esté fuera, sino en la profundidad misma de lo real?

     Porque si así fuera, la salvación no sería escape.

     Sería comprensión.

     Y comprender —como sabía Spinoza— es comenzar a ser libres.

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