Dios No responde oraciones - Parte 2 - Baruch Spinoza
En algún momento —casi siempre después de una crisis histórica o íntima— el creyente descubre que el monstruo no estaba debajo de la cama. O que, si estaba, no era lo que le dijeron que era. La pandemia, el duelo, la deconstrucción intelectual o simplemente el paso del tiempo pueden producir ese efecto: la imagen heredada de Dios comienza a resquebrajarse. No desaparece necesariamente la fe; muta. La mutación no es un simple abandono. Es, más bien, una transformación de la estructura misma de la experiencia religiosa. La fe heredada —recibida en ámbitos evangélicos pentecostales, marcada por el temor al juicio, la vigilancia moral constante y la expectativa de intervención sobrenatural— empieza a ceder ante una conciencia que ya no puede sostener el mismo imaginario. El Dios personal que examina, prueba, castiga o premia deja de resultar evidente. Y con esa caída se disipa también una forma de ansiedad: la angustia de estar permanentemente evaluado por un espectador celestial. El alivio puede ser comparable al del niño que descubre que no hay monstruo en la oscuridad. Una vez que la amenaza se revela inexistente, el sueño es posible.
De manera análoga, cuando se desvanece la convicción de que un Dios personal está juzgando cada acción, desaparece la interpretación obsesiva de los eventos negativos como señales de desaprobación divina. La culpa religiosa pierde su fundamento metafísico. Pero este tránsito no conduce necesariamente al nihilismo. No implica que nada importe. Por el contrario, puede implicar que todo importe más, precisamente porque ya no depende de un juicio externo. Aquí emerge con fuerza la intuición de Baruch Spinoza. Para él, Dios no es un ser trascendente que interviene caprichosamente en la historia, sino la sustancia infinita de la cual todo cuanto existe es expresión. Deus sive Natura: Dios, es decir, la Naturaleza. No hay nada fuera de esa sustancia.
El ser humano no es una criatura separada, sino un modo finito de esa infinitud. Bajo esta perspectiva, la importancia de la vida no proviene de ser observada por un juez cósmico, sino de estar intrínsecamente insertada en el tejido causal del universo. Las acciones importan porque producen efectos reales en cadenas causales reales. El sufrimiento importa porque es un modo efectivo en el que la sustancia infinita se experimenta a sí misma. La significación es inmanente, no otorgada desde fuera. La ética ya no descansa en la obediencia a un mandato sobrenatural, sino en la comprensión de la necesidad de las cosas. En este marco, la oración cambia de sentido. No es súplica ni negociación. Es participación consciente. Cuando la mente humana contempla la estructura necesaria de la realidad, Dios —la Naturaleza— se contempla a sí mismo a través de ese modo finito que somos. La oración se convierte en meditación racional. No es pedir cambios en la naturaleza, sino comprenderla. No es solicitar milagros, sino integrarse intelectualmente en el orden eterno. A esta experiencia, Spinoza la llama beatitud: la alegría que surge del conocimiento adecuado, la paz que proviene de ver las cosas “sub specie aeternitatis”, bajo la perspectiva de la eternidad. Sin embargo, este tránsito no es meramente intelectual. Antes de alcanzar esa serenidad racional, el creyente atraviesa una zona de angustia.
Aquí la reflexión de Søren Kierkegaard resulta decisiva. Para él, la fe auténtica no es la repetición cultural de dogmas, sino una apropiación subjetiva que solo puede nacer del temblor. La angustia es el vértigo de la libertad: el instante en que el individuo descubre que no puede apoyarse en la multitud ni en la tradición para decidir qué creer. La caída del Dios heredado no es simplemente pérdida; es posibilidad. Es el momento en que la fe deja de ser colectiva y se vuelve existencial. Kierkegaard advertía que la crítica infinita puede desembocar en desesperación si no conduce a una decisión interior. Pero también afirmaba que sin ese desmantelamiento previo no hay fe auténtica. La angustia es el umbral. En la tradición mística cristiana, este umbral adopta otro nombre: la noche oscura. San Juan de la Cruz describe el proceso por el cual las imágenes sensibles de Dios se apagan, las consolaciones desaparecen y el alma experimenta una especie de abandono.
No se trata de castigo, sino de purificación: muere el Dios proyectado para que pueda emerger una experiencia más profunda, menos imaginaria, menos antropomórfica. La deconstrucción contemporánea repite, en clave filosófica, esa dinámica antigua. Caen las “vacas sagradas”: el infierno literal, la guerra espiritual, la lectura plana de la Escritura, el pastorcentrismo, la idea de un Padre que exige sangre para perdonar. Lo que se desmorona no es necesariamente la dimensión espiritual, sino su configuración dogmática. Pero aquí surge la cuestión decisiva: ¿qué ocupa el lugar del Dios que juzga? Si se elimina la amenaza del castigo eterno y la expectativa de intervención milagrosa, ¿qué sostiene la responsabilidad ética? La respuesta espinosista es clara: la comprensión. El paso de los afectos pasivos —miedo, esperanza irracional, ansiedad— a los afectos activos — fortaleza, serenidad, alegría intelectual— depende del conocimiento adecuado de las causas. La oración como gestión de ansiedad puede reemplazarse por un ejercicio sistemático de análisis causal. Ante un problema financiero, no se suplica un milagro; se rastrean decisiones, condiciones estructurales, posibilidades de acción. Ante la enfermedad, no se negocia con lo divino; se estudian tratamientos, se ofrece presencia real, se acepta la necesidad natural de la muerte como rasgo inherente a la existencia material.
Este desplazamiento no enfría la experiencia; la purifica de ilusiones. Liberada de la fantasía de control sobrenatural, la persona puede invertir su energía en aquello que sí está dentro de su poder causal. La serenidad ya no proviene de creer que alguien intervendrá, sino de comprender qué depende de uno y qué no. En esta distinción —que también resonaría en los estoicos— se encuentra una fuente de libertad interior. Paradójicamente, al desaparecer el Dios vigilante, puede surgir una espiritualidad más intensa. Si no hay un espectador trascendente evaluándolo todo, la importancia no disminuye; se internaliza. La vida no es ensayo para otra vida, sino expresión finita de una totalidad infinita. La eternidad no es promesa futura, sino dimensión presente de la comprensión. La parte de la mente que capta verdades necesarias participa de lo eterno. No como inmortalidad personal en sentido clásico, sino como inserción en el orden intemporal de la realidad. La fe, entonces, no desaparece: muta. Pasa de ser heterónoma a autónoma, de institucional a íntima, de dogmática a abierta, de temerosa a reflexiva. La angustia que acompaña esta mutación no es señal de fracaso, sino de transición.
Como en el barco de Teseo, las tablas cambian; la pregunta es si la identidad permanece. Tal vez la identidad no consista en conservar intactas las piezas, sino en sostener la coherencia del viaje. Después del Dios que juzga puede emerger el Dios que es. Después del miedo puede surgir la comprensión. Y después de la súplica puede nacer la participación consciente en el orden necesario de las cosas. No se trata de negar el misterio, sino de habitarlo sin superstición. No de abolir la espiritualidad, sino de profundizarla hasta que deje de depender del terror y se sostenga en la lucidez. En esa transición —dolorosa y fecunda— la fe no muere. Se vuelve adulta.

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