Cocina, cuerpo y memoria: sabores de libertad - Hugo Gabriel Oviedo
Introducción
El presente ensayo aborda la compleja
relación entre la identidad, el amor y los condicionamientos culturales,
tomando como eje obras literarias que exploran la subjetividad femenina y
disidente. A partir de textos como Como agua para chocolate de Laura
Esquivel, La débil mental de Ariana Harwicz, Las malas de Camila
Sosa Villada, Los rastros de lo que era de María Teresa Andruetto y Mariposas
de Samanta Schweblin, se analiza cómo los discursos sociales y culturales
moldean, limitan y, en ocasiones, patologizan la experiencia del deseo y la
identidad. Este recorrido permite reflexionar sobre cómo la literatura revela y
cuestiona los mandatos de género, las tradiciones familiares y las normas
sociales, mostrando que el alma y la libertad del sujeto se construyen tanto en
la tensión con estos condicionamientos como en la búsqueda de una autenticidad
que trascienda las imposiciones externas.
Resumen
El ensayo examina cómo las prácticas culturales,
históricas y sociales moldean el amor, el deseo y las relaciones humanas,
tomando como eje Como agua para chocolate
de Laura Esquivel. La obra refleja cómo las costumbres familiares, el contexto
social y la tradición influyen en la forma de enamorarse, en los vínculos
afectivos y en la expresión de la sexualidad. A través de los personajes, se
observa la tensión entre el deseo individual y las normas impuestas, revelando
que el amor, más que un sentimiento aislado, es un fenómeno condicionado por el
tiempo y el lugar en que se vive.
Summary
This essay examines how cultural, historical, and social
practices shape love, desire, and human relationships, taking Laura Esquivel's
Like Water for Chocolate as its central theme. The work reflects how family
customs, social context, and tradition influence the way we fall in love,
emotional bonds, and the expression of sexuality. Through the characters, we
observe the tension between individual desire and imposed norms, revealing that
love, more than an isolated feeling, is a phenomenon conditioned by the time
and place in which one lives.
Desarrollo
Cerillos encendidos: destellos de identidad y deseo
En este
camino, proceso de formación, los cerillos han sido encendidos, ¿remite esto a
un despertar gradual de la conciencia y de la sensibilidad? Muy probable. Percibimos
cada experiencia, emoción o encuentro como aquello que va iluminando zonas
ocultas de nuestra identidad interior. ¿Por qué uno a la vez? Porque existe un
peligro de encenderlos todos a la vez, una revelación demasiado intensa puede
traernos consecuencias. Avanzamos paulatinamente en destellos de la verdad de
aquellos que somos y fuimos. Se nos presenta una luz que nos va desbordando, conduciéndonos
a un reconocimiento inmediato de nuestra naturaleza espiritual y del “origen divino” del que habla Esquivel.
¿La identidad del alma, se define
únicamente por las construcciones culturales o los roles impuesto por la
tradición? Vemos que sí ocurre en gran parte de la trama de Tita. Pero su saber
originario y olvidado está enraizado, latente y que puede revelarse a través de
experiencias extremas de amor, dolor o éxtasis. El túnel esplendoroso es la
imagen de ese camino de regreso a la esencia,
un viaje de reconexión con lo que se es en lo más íntimo, antes de que la
cultura, las normas familiares y el condicionamiento social moldeen la
identidad visible.
La identidad auténtica no se agota en lo
que heredamos culturalmente, sino que implica recordar y reintegrar una verdad interior, a menudo velada por las
imposiciones externas. Así, la identidad del alma es un proceso de despojo de capas ajenas para permitir
que emerja la esencia que siempre estuvo allí, aunque olvidada.
“Claro que también hay que
poner mucho cuidado en ir encendiendo los cerillos uno a uno. Porque si por una
emoción muy fuerte se llegan a encender todos de un solo golpe producen un
resplandor tan fuerte que ilumina más allá de lo que podemos ver normalmente y
entonces ante nuestros ojos aparece un túnel esplendoroso que nos muestra el
camino que olvidamos al momento de nacer y que nos llama a reencontrar nuestro
perdido origen divino. El alma desea reintegrarse al lugar de donde proviene,
dejando al cuerpo inerte…”
(Esquivel 1989, p. 56, 116)
Entre discursos y deseos: la identidad del alma en
la literatura contemporánea
“Sin embargo, si el amor es un Dios o
alguna cosa divina, no puede ser malo, pero nuestros discursos le han
representado como tal, y por lo tanto son culpables de impiedad con el Amor”. (Platón 1987, p. 286) Esta cita platónica subraya cómo
el amor, como experiencia fundamental y divina, puede llegar a ser desvirtuado o condenado por los
discursos hegemónicos que lo representan de forma negativa. Es decir, no es el amor en sí el que es malo, sino las
maneras en que ha sido nombrado, definido y deformado por los relatos
culturales, morales y sociales. Esto nos introduce al efecto de los discursos: los discursos no son neutros, sino que
actúan sobre la realidad, producen sentido y también exclusión. Vicente Sisto en su trabajo: Bajtin y lo Social: Del
Discurso a la Actividad Dialógica Heteroglósica,
citando a Mijaíl Bajtín[1]
menciona que: “El lenguaje no es un don
divino, ni un regalo de la naturaleza. Es el producto de la actividad humana
colectiva, y refleja en todos sus elementos tanto la organización económica
como la sociopolítica de la sociedad que lo ha generado”.
En Las malas de Camila Sosa
Villada, el amor travesti, el amor entre iguales,
el amor a la comunidad de “las malas” ha sido sistemáticamente excluido y
criminalizado por los discursos oficiales: el discurso religioso, el judicial,
el médico, incluso el literario. Sin embargo, Camila invierte esos discursos y
devuelve al amor travesti una dimensión sagrada
y redentora: la comunidad travesti se convierte en una forma alternativa de familia, de refugio,
de ternura, desplazando las representaciones sociales que lo
encasillaban en lo patológico o lo pecaminoso. “Cuántas
veces lo habíamos oído: «Las travestis son muy quilomberas», «No metas una
travesti en tu casa», «Son ladronas», «Son muy complicadas», «Pobrecitas, no es
su culpa pero son así». El desprecio con que nos miraban. La manera en que nos
insultaban. Los piedrazos. Las persecuciones”. (Sosa Villada 2019, p. 95)
En La débil mental de Ariana
Harwicz, el amor materno y el amor erótico se
entrecruzan en un campo violento,
pulsional, contradictorio. La maternidad no aparece como un ideal
sacrificial, sino como una experiencia atravesada por el deseo, la locura, el
hastío. “Camino buscándola por tierra y por aire, mirando hacia el
cielo por si se colgó de un paracaídas, del ala de un avión de guerra, desnuda
flamea en las ramas. Camino siguiendo el instinto materno que no hay”.
(Harwicz 2014) Aquí desestabiliza el discurso tradicional
que idealiza el amor de madre y muestra cómo esos mandatos aplastan
subjetividades. El discurso social convierte a la madre que no se adapta al rol
sacrificial en una “débil mental”.
“Es más, quería
saber, ¿cuáles fueron las investigaciones que se llevaron a cabo para concluir
que la hija menor era la más indicada para velar por su madre y no la hija
mayor? ¿Se había tomado alguna vez en cuenta la opinión de las hijas afectadas?
¿Le estaba permitido al menos, si es que no se podía casar, conocer el amor? ¿O
ni siquiera eso?” (Esquivel 2019, p. 6)
El discurso
de la tradición, representado por mamá Elena, reprime el deseo y el amor
verdadero entre Tita y Pedro, condenado por normas familiares y sociales. Pero
a través de la cocina y la escritura, Tita logra expresar ese amor de formas simbólicas, sensuales, liberadoras. “Conocer la casa de otra travesti era un evento muy bonito
porque una podía ver sus coincidencias y sus disidencias, y con eso
construíamos nuestra identidad, nuestro futuro hogar. No había otro espejo
mejor.” (Sosa Villada 2019, p. 83)

Tita y Pedro
En Los rastros de lo que era de María
Teresa Andruetto, la infancia en esta historia está atravesada por una
experiencia de pérdida, duelo y silencios. Hay un discurso adulto que intenta encubrir lo traumático, y una voz
infantil que intenta reconstruir el sentido desde los fragmentos. El amor
familiar, si bien presente, está mediado por la ausencia y lo no dicho. El cuento
expone cómo el discurso familiar a veces no nombra lo que duele, y cómo eso afecta la experiencia emocional
de los niños. Lo que no se dice también construye realidad. El discurso del
silencio afecta la percepción del amor y la subjetividad infantil. Mientras que En Mariposas de Samanta Schweblin, el
cuento gira en torno a la incomunicación y la alteridad. La experiencia de la
niña choca con los discursos del mundo adulto, que buscan encasillar, corregir o reprimir lo diferente.
El amor, como diría Platón, (en realidad el diálogo es de Sócrates) no puede ser malo en sí mismo, pero
los discursos sociales han construido ciertas formas de amar como desviadas,
impuras o peligrosas.
Las obras
literarias cuestionan esa construcción: desde lo travesti, lo loco, lo
marginal, lo femenino no domesticado, las
autoras devuelven al amor su potencia transformadora, incluso sagrada,
en una contra-narrativa que desmonta los efectos del discurso hegemónico y
permite imaginar otras formas de existir y de amar.
Cuerpos, afectos y memoria: los límites de la norma
cultural
“El proceso de identificación de una
persona con cualquiera de esas unidades colectivas, nación, comunidad, pueblo o
provincia fue mediado por la cultura”. (Righetti
2025) “La forma que te da la cultura” implica que la identidad de los sujetos no surge de
manera natural o espontánea, sino que está mediada por discursos, valores,
normas y símbolos producidos por la cultura.
Estos discursos moldean lo que entendemos por "ser mujer", "ser
madre", "ser travesti", "ser hija", "ser
amante", "ser loca", etc.
En este
sentido, las obras que estamos mencionando desmontan, resisten o subvierten esas formas impuestas por la cultura,
y proponen otras posibles formas de habitar el mundo. En Las malas, Camila Sosa Villada, La cultura
cisheteronormativa, (cuando la identidad de
género coincide con el sexo asignado al nacer y la orientación sexual
heterosexual como la norma o lo "normal") impone una forma de ser mujer: femenina, biológica,
maternal, domesticada, y niega la posibilidad del cuerpo travesti como forma
válida de identidad. “El tumor de nuestro
resentimiento. La amargura de nuestra orfandad. El lento homicidio cometido
sobre las de nuestra especie, las zorras, las lobas, las pájaras, las brujas.
Voy a repetirlo a pesar del pecado literario: y también las ganas de matar”.
(Sosa Villada 2019, p. 95) Camila escribe una
genealogía de travestis que desbordan
esas formas culturales impuestas: crean sus propios códigos, su
comunidad, su mito, su forma de amar y de sobrevivir.
Como decíamos, en La débil mental de Ariana Harwicz, la maternidad aparece como una forma cultural opresiva: la madre debe amar,
cuidar, renunciar a sus sueños; la protagonista no encaja en esa forma y es
entonces etiquetada como “débil mental”, es decir, desviada. La cultura te da forma, pero si no te adaptás, te patologiza. Harwicz explora los límites entre la locura y la
libertad, cuestionando la naturalización de ciertos roles femeninos.
En Como agua para chocolate, la cultura mexicana
posrevolucionaria impone tradiciones familiares rígidas: la hija menor no puede
casarse, debe cuidar a su madre hasta su muerte. Tita, como “sujetada”, es formada
por esos mandatos, pero resiste a
través del lenguaje simbólico de la cocina, del erotismo y del cuerpo.
En Los rastros de lo que era, María Teresa Andruetto, la infancia también es moldeada por la
cultura: se espera que la niña sea dócil, inocente, silenciosa. Pero la
protagonista vive una experiencia de pérdida y silencio que rompe con la idealización cultural de la
infancia. Andruetto muestra cómo el discurso adulto que intenta
preservar ciertas formas culturales puede alienar, en lugar de proteger. Mariposas, de Samanta Schweblin, la niña
protagonista no responde a las formas culturales esperadas de lo infantil: su
percepción del mundo, su relación con los insectos, su forma de hablar,
inquietan a los adultos. Lo que la cultura no puede nombrar, lo etiqueta como
"raro", "patológico" o "inquietante". “Camino siguiendo el
instinto materno que no hay. Me hago. Vivir sin ella. Pasar a la velocidad
superior del pánico. Pero tiene que poder sentirme, la manada que se lame
después de la cacería. Vivir sin ella los minutos previos a pegarme un tiro.”
(Harwicz 2014, p 147)
Como habíamos
mencionado anteriormente, la cultura
opera mediante discursos que moldean subjetividades. Esos discursos
tienen efectos: producen identidades (la madre, la buena hija, la loca, la
travesti, la niña sana, etc), definen lo normal y lo desviado y excluyen o
legitiman formas de existencia. En todas
estas obras se pone en escena una tensión fundamental entre las formas que
impone la cultura, es decir, los modelos de identidad que se transmiten como
“naturales”, y los sujetos que se ven obligados a habitarlas, resistirlas o
reconfigurarlas. El amor travesti, la maternidad desesperada, la infancia
herida, el deseo reprimido: cada uno de estos aspectos revela cómo los
discursos sociales moldean lo vivible. Como señala Platón, no es el amor el que
es malo, sino los discursos que lo definen. En este sentido, estas narrativas
son actos de impiedad contra los discursos normativos, pero de fidelidad
absoluta a lo viviente. La literatura deviene así un contra-discurso, una forma
de disputar la forma que te da la cultura.
Diana
Lucía Ochoa López citando a Consuelo Meza Márquez nos dice:
“La cultura constituye a
las mujeres como seres incompletos y subordinados, que son reconocidas
socialmente, precisamente por los valores que la mantienen en sujeción. En ese
momento de toma de conciencia la mujer borra del espejo los rasgos de la mujer
cautiva para intentar moldear otra imagen que le permita construirse mujer como
sujeto de deseos”. (Diana
López 2017, p 63 19)
Deseo en fuga: cuerpos y voces que no se someten
“Uno cree que elige, pero elige al
interior de opciones ya dadas: o sea, no elige”. (Sztajnszrajber
2019) Hasta ayer se trataba a los homosexuales como personas
con problemas mentales. Siempre, como sociedad, nos costó comprender al
diferente, al distinto. En La débill
mental de Ariana Harwicz, la patologización se presenta como un tema
recurrente, especialmente en relación a la maternidad y la feminidad. Sus
personajes a menudo desafían las normas sociales y exploran la violencia, la
locura y la alienación, lo que lleva a lecturas que los catalogan como
"enfermos" o "desequilibrados". “Tengo esta locura mamá, de
arrancarme los ojos y el corazón cuando el deseo me hace perder la cabeza y la
conciencia. Calláte barroca. No seas chancha querés”.
(Harwicz 2019) Un tanto provocativa, la
autora pretende, reflejar realidades dolorosas y contradictorias de la
experiencia humana, no buscando justificar o negar las desviaciones, sino comprenderlas
como expresiones de una subjetividad femenina compleja y conflictiva. En
lugar de ofrecer soluciones o juicios morales, ella se sumerge en la
experiencia límite, explorando la ambivalencia, el dolor y la violencia que
pueden existir en las relaciones más íntimas.
Subversión y deseo: contra-narrativas del amor y la
identidad
Esta misma
lógica opresiva y binaria es dinamitada en Las malas de Camila Sosa
Villada. Ambientada en Córdoba, la novela ficcionaliza la vida de una comunidad
travesti que sobrevive al borde de la sociedad, en los márgenes del
reconocimiento legal, social y afectivo. Aquí, la identidad femenina se
construye no desde el mandato sino desde el deseo, desde la experiencia
corporal y colectiva de habitar un cuerpo disidente. Camila, la protagonista,
vive la maternidad travesti, el amor no normado, la amistad radical y la
violencia cotidiana del sistema. La “Tía Encarna”, figura materna y protectora
del grupo, representa una genealogía alternativa: no la madre biológica que
reprime, sino la madre elegida que cobija, cuida y resiste. “Se había rodeado de
travestis toda su vida. Nos defendía de la policía, nos daba consejos cuando
nos rompían el corazón, quería emanciparnos del chongo, quería que nos
liberásemos”. (Sosa Villada 2019, p. 18)
Del mandato a la libertad: experiencias de
subjetividad femenina
Lo que une a
estas protagonistas es el deseo de
vivir una vida propia, de liberarse de la cárcel simbólica que impone la
familia, la iglesia, el Estado o el lenguaje. En Tita, esa liberación toma la
forma de un amor apasionado y de una cocina mágica que le permite decir lo
indecible. En Harwicz, la libertad se vive como estallido, como incomodidad,
como rechazo radical a todo lo establecido. En Camila Sosa Villada, la libertad
es colectiva, marginal, y profundamente política: ser mujer travesti es, en sí
mismo, un acto de resistencia contra un mundo que insiste en negarlas.
Coinciden en
mostrar que el alma femenina, entendida
como deseo, lenguaje y cuerpo, necesita liberarse para existir, y que
esa liberación casi siempre implica romper con los modelos impuestos.
En definitiva,
estas novelas no sólo relatan historias de mujeres o de feminidades, sino que interpelan al lector a repensar qué
significa ser mujer, madre, hija o amante en una sociedad que aún estructura la
vida en torno a normas heteropatriarcales. Como agua para chocolate, La
débil mental y Las malas no ofrecen modelos ideales, sino
experiencias diversas de subjetividad, deseo y dolor. Juntas, componen una
sinfonía de voces que claman por una
existencia plena, no normada, no subordinada, no domesticada. Una
literatura que, al igual que sus protagonistas, se atreve a decir lo que no debe decirse, a amar lo que no debe amarse, y
a vivir lo que no debe vivirse.
Memoria, cuerpo y libertad: construcciones
culturales y rebeldías literarias
“…y
entre estos comportamientos culturales que orientan nuestra conducta en la
sociedad se encuentra el amor, las formas de enamoramiento y a quien se gusta
sexualmente. Esta situación se encuentra vinculada con las relaciones sociales
que tiene la persona, en su ciudad, país y contexto histórico en el que vive”.
(Ávila Andrés 2023) Esta idea la observamos
en Como agua para chocolate porque en la novela el amor no aparece como
algo puramente “natural” o libre, sino profundamente condicionado por las normas culturales, las tradiciones familiares
y el contexto histórico de la Revolución Mexicana. En la historia, el
enamoramiento de Tita y Pedro está atravesado por un código social rígido: la tradición familiar que obliga a la
hija menor a quedarse soltera para cuidar a su madre hasta que esta muera. Este
mandato cultural no solo regula con quién puede casarse Tita, sino que define qué tipo de amor es “aceptable” y cuál
es condenado, moldeando su conducta y sus decisiones.
El contexto
histórico y social de principios del siglo XX en México también influye: la
estructura patriarcal, la importancia de la honra familiar, el matrimonio como
transacción social y no como elección romántica libre, y la fuerte influencia
de la religión católica limitan las posibilidades de la protagonista. Así, el
amor de Tita y Pedro se convierte en un acto
de resistencia frente a esos condicionamientos, y su historia ilustra
cómo el deseo se enfrenta y a veces se somete a las reglas que impone la
sociedad. “El
sujeto contemporáneo resulta, entonces, una posición, no un rasgo esencial o
permanente, y puede variar, desplazarse, ampliarse o restringirse”.
(Righetti 2025)
El amor y la sexualidad no se entienden
en abstracto, sino que están inscritos en un entramado cultural que determina
sus formas y límites y, Como agua para
chocolate muestra, de manera narrativa y simbólica, cómo ese entramado
puede oprimir pero también inspirar transgresiones.
“El sujeto es antes una
pregunta que una certeza. Por eso regresa como problema. La fragmentación de la
subjetividad revela que no hay nada natural en la identidad sino todo lo
contrario. Se trata de un efecto de la historia humana y del desarrollo de su
manifestación dominante en la Modernidad, el capitalismo, bajo el cual los
sujetos modernos fuimos constituidos como miembros, por ejemplo, de una clase
(la clase trabajadora, la clase media o la burguesía), de un género sexual
(masculino, femenino, gay u otro), una raza (negra, blanca, mapuche, mestiza)
o, incluso, una posición inconsciente o social específica, incluyendo la
nacionalidad, uno de los rasgos de la identidad”. (Righetti 2025)
Luz sobre lo olvidado: relatos de amor y
resistencia
En Los
rastros de lo que era, Iris regresa a su país después de ocho años,
impulsada por una necesidad íntima de enfrentarse a un pasado que nunca pudo
borrar. El bar Savoy, donde transcurre buena parte de la acción, se convierte
en un espacio liminal: un umbral entre su vida “blanca e impecable” junto a
Antoine en Francia y el territorio enrarecido de la memoria traumática. Este
doble escenario evidencia cómo la cultura
y el contexto histórico modelan las relaciones humanas y la forma en que
el amor y la identidad se inscriben en el cuerpo y en la memoria.
El amor aparece como una fuerza ambivalente
(cuidado/sometimiento): por un lado, el de Antoine, cuidadoso y devoto, que le
ofreció a Iris un mundo ordenado y seguro; por otro, la relación marcada por el
sometimiento con el hombre que la secuestró y torturó, pero que también dejó
huellas de deseo, confusión y vínculo físico. “Antoine
era un hombre de una bondad tan extrema que ella no creía que ninguna mujer
pudiera dejar de quererlo… por amor Antoine le había concedido todo… estaba
siempre dispuesto a satisfacer sus deseos, todos los deseos excepto el de
regresar.” (Andruetto 2002 p. 22, 23) Esta coexistencia de amores tan distintos revela que la
identidad afectiva no se construye únicamente desde la razón o la voluntad,
sino que está atravesada por marcas culturales, instintos de supervivencia y
vínculos forjados bajo circunstancias extremas. “Esto era algo que Antoine no comprendía porque —ahora lo
sabe—… era imposible comprender que había dicho que sí, que había estado con él
y había hecho aquellas cosas que hizo para seguir viva.”
(p. 25)
Entre aromas y memorias: la identidad que renace

En cuanto a la
identidad del alma, Iris vive
una fractura interior: su “yo” presente, construido en Francia bajo la
protección de Antoine, convive con otro “yo” anclado en el campo de detención,
donde su cuerpo y su voluntad fueron controlados. “Si le fuera posible suprimir la memoria, acabarían de un
soplo no solo los horrores pasados sino los que vendrán; pero no puede.”
(p. 25) Esta fractura es inseparable de su historia personal y
del contexto político de represión en el que se formó esa experiencia. La
imposibilidad de borrar el recuerdo —“Si
le fuera posible suprimir la memoria… pero no puede”— muestra que el alma
no se limpia completamente: las experiencias extremas se sedimentan y
reconfiguran quién se es.
La cultura aquí no es solo un telón de
fondo, sino una fuerza que moldea conductas. El miedo a “volver” no es solo
personal: implica entrar otra vez en un entramado social y político donde la
violencia y la impunidad son posibles. Antoine, extranjero, no comprende ese
entramado; para él, regresar es una elección, para Iris es un impulso casi
biológico que responde a un territorio emocional y político propio. “A veces piensa que la vida
es muy sencilla para los que se han trazado un camino sin vueltas, pero qué
decir de los que se vieron obligados a buscar atajos, a perderse en callejones
oscuros. Antoine no sabe de estas cosas…” (p.
23)
Finalmente, “Sintió el calor, la brasa
chamuscándola, la catinga de los pelos quemándose. Ella ha olido la carne
quemada, y eso no es algo que pueda olvidarse.” (p.
23) El recuerdo
se presenta como un personaje más. No es estático ni decorativo: es activo,
invade el presente, se mezcla con sensaciones corporales, olores, sonidos y
gestos. El contacto del hombre en el bar reactiva todo: desde el escalofrío del
pasado hasta la imposibilidad de explicar por qué estuvo con él para
sobrevivir. Aquí, el recuerdo no solo preserva el dolor, sino que interroga la
propia dignidad, el deseo y la manera en que la historia personal se integra, o
no, a la identidad actual.
El amor, la
identidad y la memoria no pueden pensarse aislados del contexto cultural e
histórico. El alma de Iris está hecha de capas que incluyen tanto la protección
amorosa de Antoine como la violencia de su captor; ambas realidades coexisten,
y la cultura de origen, con sus heridas y silencios, le da sentido a ese
conflicto. “Ha
seguido oyendo en sueños esa voz y la reconocería donde fuera.” (p.
24)
El relato no
solo reconstruye un hecho traumático individual, sino que también pone en
escena las huellas psíquicas y emocionales que deja la violencia política en
los cuerpos y las almas. La figura de Iris encarna la complejidad de quienes
sobrevivieron: no son mártires puros ni héroes impolutos, sin mancha, sino
seres quebrados por la historia, por las decisiones tomadas para seguir con
vida.
“En esta tensión de clase,
género, nación y raza se construyen los múltiples “sujetos fronterizos”, donde
son precisamente los cuerpos de las mujeres los que actúan como marcas
territoriales, como límites de una nación imaginada en la que se registran los
trazos y las cicatrices. El cuerpo entonces se manifiesta como un viaje
espacial, somático y textual, un lugar por donde viajan sus herencias étnicas,
lingüísticas, sociales, ideológicas, eróticas, es decir, se constituye en un
lugar material y simbólico para diferenciar las identidades”. (Nallim
2024, p. 253)
Mariposas atrapadas: amor y control en la vida
cotidiana
En Mariposas, el amor se presenta en
una forma distorsionada y posesiva. Calderón, mientras espera la salida de su
hija, habla con orgullo y ternura de sus características (“ojos almendrados”,
“piecitos”), pero ese amor se convierte en una metáfora oscura cuando atrapa
la mariposa. Su afán de mostrarla como un regalo revela un amor que confunde cuidado
con control, y termina dañando lo que dice querer. “Aprieta fuerte para que no se le escape… termina por quedarse con
parte del ala pegada a uno de los dedos.” Samanta Schweblin (2025)
A diferencia de Los rastros de lo que
era, donde el amor protector de Antoine convive con un amor forjado en la
violencia, aquí no hay dos amores en tensión, sino uno solo que se degrada en
el acto mismo de “poseer” lo amado.
La actitud de Calderón muestra una
identidad que no se reconoce como destructora. Él no percibe que, en su intento
de retener, anula la libertad de aquello que ama. Esa inconsciencia revela una fractura
ética: se ve a sí mismo como un cuidador (“por el propio bien de la mariposa”)
cuando en realidad es el agente de su destrucción. “Por el propio bien de la mariposa, por supuesto, la pisa con firmeza.”
La identidad de Calderón es incapaz de integrar su amor con un respeto por
la autonomía del otro.
Almas en fuga: memoria, amor y los efectos de la
cultura
El cuento Mariposas refleja un trasfondo cultural de posesión y control sobre
lo que se considera propio: los hijos como extensión de uno mismo, los vínculos
entendidos como custodias, los gestos protectores que se convierten en opresión.
La espera en la puerta de la escuela no es solo un contexto, sino un símbolo de
cómo los adultos proyectan expectativas y deseos sobre sus hijos. El contraste
con Los rastros de lo que era es evidente: allí, la cultura estaba
marcada por un contexto histórico-político represivo; aquí, se trata más de una
cultura cotidiana, íntima, que naturaliza dinámicas de poder y control en lo
familiar.
Aunque Mariposas no presenta el
recuerdo como algo explícito o narrado, sí construye una memoria implícita: la
imagen final del pie sobre la mariposa muerta y el temor de Calderón a
reconocer en ella “los colores de la suya” es un germen de trauma. Ese instante
queda como una imagen que perseguirá al personaje, aunque no se verbalice. “Teme, quizá, reconocer en sus alas muertas,
los colores de la suya.”
La necesidad de amar y la urgencia de ser libres
“TODOS LOS NADIE: Nos deben las balas en
los corazones enamorados. Nos deben las señoritas que dejan de patear pelotas y
los caballeros que dejan de vestir muñecas”.
Fragmento de Juan Solá. Estas mujeres desean
amar, pero el amor no es suficiente si no hay libertad. Antoine ama profundamente
a Iris, pero su amor, aunque puro, es una forma de encierro, porque no puede
comprender el abismo que habita en ella. En Como agua para chocolate,
Pedro ama a Tita, pero se somete al mandato familiar. En La débil mental,
el amor aparece distorsionado, feroz, devorador. En Las malas, el amor
es una forma de salvación pero también de pérdida.
Las
protagonistas anhelan ser libres para
amar, pero también libres del amor cuando este es un grillete. Iris lo
sabe cuando siente el deseo inconfesable por su torturador y llora, derrotada,
preguntándose por qué fue elegida. El amor no es redención: es a veces una
herida abierta.
Conclusión
Los
cerillos fueron encendidos…y estos pueden entenderse
como una metáfora del propio acto de leer: cada texto, cada imagen, cada
historia aviva un destello que ilumina zonas ocultas de nuestra identidad.
Pero, como sabemos, la revelación demasiado intensa puede cegarnos; por eso la
literatura se nos ofrece como un proceso paulatino de reconocimiento, donde la
memoria, el deseo y el dolor encienden luces sucesivas. El túnel esplendoroso
que se nos abrió en Como agua para chocolate nos puso en con los relatos
contemporáneos: allí también los personajes caminan hacia una verdad íntima,
aunque temen descubrir en el espejo narrativo los rasgos de su propia alma.
La literatura,
entonces, no solo confronta como lector con los pliegues del ser, sino que
funciona como ese encendido gradual que permite ver lo olvidado sin destruirlo,
reconociendo que la identidad nunca es un punto fijo sino un proceso de
encender y apagar luces. Desde Platón hasta Schweblin, lo que se juega es la
tensión entre el miedo a reconocernos y el deseo de alcanzar la autenticidad. Y
aunque cada cerillo pueda quemarnos, también abre la posibilidad de redención:
recordar el origen, desafiar los mandatos y reinventar el modo de amar y
existir.
De este modo, el ensayo encuentra “su
cierre momentáneo” en la certeza de que toda lectura es también un espejo del
alma, y que reconocernos en él implica un riesgo, pero también una posibilidad
de transformación.
Bibliografía

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“Cacería: cuentos: Los rastros de lo que era”
PDF. Editor digital: diegoan.
-Ávila,
Andrés Robert (2023) “El concepto del
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universidad de ciencias y Humanidades, Lima. Perú.
-Esquivel,
Laura (1989) “Como agua para chocolate”.
PDF. Material aula Literaturas Contemporáneas 2025.
-Harwicz,
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-López,
Diana Lucía Ochoa (2017) “Tesis para
obtener el título de Magíster en Sociología de la Cultura y Análisis Cultural.
La Identidad Femenina en la narrativa de Giaconda Belli: La mujer habitada y
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-Nallim, Alejandra.
(2025) “Tierra y Terror en los
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Jujuy. Material PDF.
-Platón
(1987) “Obras completas: Fedro”. Edición
de Patricio de Azcárate, tomo 2, Madrid.
-Righetti,
Soraya (2025) “Identidad, cultura
y subjetividad” Clase aula. Literaturas
Contemporáneas.
-Schweblin, Samanta (2025) “Pájaros
en la boca y otros cuentos: Mariposas” Seix Barral Editorial
Planeta, S. A.
-Villada Sosa,
Camila (2019) “Las malas”. PDF.
Material aula Literaturas Contemporáneas 2025.
-Sztajnszrajber,
Darío (2019) “Filosofía a martillazos”. Editorial
Paidós. España.
Referencias
-Solá Juan
(2025) “Poesías” PDF. Aula Literaturas contemporáneas. Cañada de Gómez. Trabajo
Grupal Parcial ESI 2024 (Consultado el día 6 de agosto del 2025)
-Vicente Sisto (2025) https://atheneadigital.net/article/view/v15-n1-sisto/2425
[1] Mijaíl Mijáilovich Bajtín fue un historiador, crítico literario, teórico y filósofo del lenguaje de la Unión Soviética. (1895, Oriol, Rusia - 1975, Moscú, Rusia)
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