El Arte de contar lo que duele: ficciones de la disolución en tiempo líquido - Hugo Gabriel Oviedo

 

Narramos para comprender lo inexplicable,

lo inesperado de la vida; para darle un sentido a nuestras vidas.

Narrar es configurar en forma de relato

los acontecimientos, los sentimientos, la experiencia vivida.

Y es, también, una invitación a percibir y conocer el mundo tal como

se encarna en esas historias. (Gabriela Cano)

 

 

Introducción    

       En el paisaje de la literatura argentina contemporánea, emergen voces que narran desde los márgenes, ficciones donde el dolor, la exclusión y la disolución identitaria constituyen no solo temáticas centrales, sino formas de resistencia simbólica. Obras como La Villa de César Aira, Plop de Rafael Pinedo, Tasador de Vera Giaconi, Absit de Angélica Gorodischer y La Chaco de Juan Solá construyen relatos que no se limitan a representar mundos en ruinas: los habitan, los tensionan, los escriben desde dentro. En estos textos, la marginalidad no es solo un lugar físico o social, sino una condición simbólica que interpela las formas tradicionales de narrar. En una época líquida, donde las certezas se desvanecen y la violencia, física, discursiva o estructural, es naturalizada, estas narrativas constituyen un modo de contar lo que duele, lo que no tiene lugar, lo que se resiste a desaparecer. Este trabajo ensayístico propone indagar cómo estas ficciones de la disolución confrontan las coordenadas de un presente atravesado por la fragmentación del lenguaje, la fragilidad identitaria y el despojo, la fragmentación de los vínculos, proponiendo escrituras que, desde los bordes, revelan el pulso de una época disolvente dando nacimiento a nuevas identidades.

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El arte de contar lo que duele:

ficciones de la disolución en tiempos líquidos

 

      En la literatura argentina contemporánea, la narrativa de los bordes ha cobrado una fuerza singular. Obras como La Villa de César Aira, Plop de Rafael Pinedo, Tasador de Vera Giaconi, Absit de Angélica Gorodischer y La Chaco de Juan Solá exploran con diferentes estrategias la marginalidad, la exclusión, la violencia estructural, simbólica, y la fragilidad de las subjetividades en un contexto de colapso social y político. Estas narraciones no solo visibilizan zonas olvidadas por los discursos dominantes, sino que también interrogan las formas tradicionales de narrar y representar la experiencia y la conducta humana.

      Encontramos en estas obras el efecto de la marginalidad marcada en un espacio narrativo y simbólico. La Villa de César Aira, por ejemplo, propone un cruce entre lo letrado y lo periférico a través de la figura del escritor que se adentra en un territorio que le es ajeno. Lejos de romantizar ese espacio, la novela descompone la figura del intelectual como mediador entre mundos. “(…) el auge de las drogas había multiplicado la violencia en las villas, en primer lugar porque era un negocio que movilizaba mucho más dinero; en segundo, por efecto de los trastornos de conciencia que producía la droga en los consumidores. Esta villa en particular era un caso especialmente virulento.” (Aira 2011, p. 21). Del mismo modo, La Chaco de Juan Solá retrata una geografía marcada por la pobreza, la violencia de género, donde las voces narrativas intentan restituir la dignidad de vidas vulneradas. La calle la hacía trizas y no quería saber nada con pasar la noche afuera, salvo que fuese estrictamente necesario”. (Solá 2015, p. 22). La materia “desechada”, periférica, en estos textos, no es solo una ubicación espacial o social, sino también un posicionamiento político que denuncia los mecanismos de exclusión y silenciamiento.

     Siguiendo en la línea de esta disolución, en donde esta sustancia llamada: humano (experiencias, personajes) se mezcla en el líquido contemporáneo (individualismo, odio, discriminación), la violencia, tanto física como simbólica, aparece como tema recurrente. En Plop, Rafael Pinedo imagina un mundo postapocalíptico donde la agresividad ha sido naturalizada al punto de convertirse en lenguaje; porque la agresión o violencia no es solo física, la crueldad nace en el discurso; y la brutalidad del entorno transmite el vacío emocional de una sociedad devastada carente de afecto.

Plop se levantó de un salto y corrió. Espantó a los golpes el círculo de gente alrededor, se arrodilló al lado y le agarró las manos flacas y arrugadas.

La vieja Goro lo miró desde lejos, tardó en reconocerlo.

-Hijo de puta - le dijo con una sonrisa parecida a una mueca.

-¿Te morís? - preguntó.

-Sí.

-No jodas.

-No jodo, el que se jode sos vos, que te quedás en este lugar de mierda. (Pinedo 2004, p. 50)

 

     En contraste, Tasador de Giaconi se centra en una violencia más silenciosa, doméstica y cotidiana, donde el deterioro de los vínculos familiares expone fisuras profundas de la subjetividad contemporánea. La tensión está presente en los gestos contenidos, en lo no dicho, en las miradas que eluden. “Adrián se inclina sobre su madre para mirarla de frente…recuerda cuando su madre olía bien, cuando no había esos ruidos grotescos para dormir”. (Giaconi 2016, p. 5)

     Otro aspecto central es la representación del colapso o la fragilidad del orden social. Estas obras insisten en que el mundo está en ruinas, ya sea literal o simbólicamente. En todos estos textos hay una conciencia de que el mundo que se habita está fallado, y que la literatura no puede sino testimoniar esa falla y lo escribe, aunque duela.

Un mundo indiferente

     Estos textos exploran subjetividades en crisis. Sus personajes, muchas veces anónimos o fragmentarios, parecen buscar una forma de habitar un mundo que no los contiene. Desde distintos registros, estilos y géneros, coinciden en señalar la urgencia de escuchar otras voces, de narrar y contar desde los bordes, de repensar las formas de la ficción para dar cuenta de la experiencia en un mundo fracturado. La literatura, en este contexto, no busca redimir ni resolver, sino abrir preguntas, crear fisuras, habilitar miradas; y en tiempos de exclusión y despojo, estas narrativas devienen espacios de resistencia simbólica, donde lo marginal no es un lugar de carencia, sino de potencia creativa. En el mapa literario argentino contemporáneo, algunas obras se desmarcan del centro para mirar, con crudeza y sin concesiones, a los bordes. Este proceso formativo, en el cual estamos transitando, no solo nos actualiza en el hecho de saber qué leer o que “dar” de leer sino en resaltar los puntos de cruce que revelan una preocupación común por narrar lo despojado, lo excluido, lo roto, lo que duele.

Individualismo salvaje, disolución del lenguaje

      En esta sociedad, donde la contemporaneidad es bien líquida (cualquier parecido con el presente, es pura coincidencia), marcada por los restos de lo que alguna vez fue una estructura social; en Plop, las votaciones (elecciones) son un ritual de supervivencia. “Dada la emergencia, Plop propuso hacer elección directa de Comisario General. Era muy inusual, pero nadie se negó. Eligieron a Plop. La mitad votó contenta. La otra mitad, con miedo.” (Pinedo 2004, p. 69). Aunque las elecciones parecen democráticas, en realidad no representan a nadie: se vota para decidir quién debe morir. Una ley define qué personas, como los enfermos, los ancianos o los discapacitados (o los jubilados), representan un peligro para la comunidad y, por eso, deben ser eliminadas. En este mundo, donde todo gira en torno a “sobrevivir”, las reglas y las instituciones solo muestran sus fallas, y eso hace dudar de si todavía existen realmente la ley o la política. “Esa era la forma de supervivencia que se había dado en el Grupo. En otros había formas sociales de todo tipo. Cada uno armaba la estructura que podía. Para sobrevivir”. (p. 5). Aquí observamos un objetivo claro de un sistema “dominante”, la desaparición del pasado como anclaje de la identidad y su reemplazo por un futuro clausurado, junto con la disolución del lenguaje como forma de subjetivación. “Él era el genio de la vida en el barro, el artista de la supervivencia en el barro. Era Plop. Su nombre pasaría a significar El que nace en el barro, El que vive en el barro, El que muere en el barro”. (p. 92) En estas novelas o en la actualidad, el pasado ya no funciona como base para construir la identidad.

     ¿Castigados por mostrar la lengua? Se decía que había estado arriba, que había sido Comisaria, que había tenido muchos amantes, que hasta había llegado a mostrarle la lengua al Comisario en una Asamblea y no la habían castigado”. (p, 13). La identidad queda reducida a un vacío simbólico: ya no se sostiene en lo que fuimos ni en lo que podríamos ser. En Plop, de Rafael Pinedo, esto se refleja en el lenguaje. Es seco, sin adornos ni metáforas, con frases cortas y casi sin adjetivos (se observa claramente en las canciones de moda). El habla está tan transformada que refuerza la idea de que los cuerpos han sido convertidos en objetos: la muerte no conmueve, solo implica un reciclaje; el sexo no conecta, (reducción de la natalidad) solo se usa; se disolvieron los vínculos. Así, la pérdida del lenguaje también muestra la pérdida de la humanidad.

Sobreviviendo

     La Chaco…Querete a pesar de la gente de mierda que busca convencerte de que estás enferma. Querete para poder sobrevivir”. (Solá 2015, p. 56) En esta obra la denuncia es constante porque la falta de empatía social siempre se hace presente para con las protagonistas de la historia. En la novela, se da cuenta del rechazo y la alienación total hacia las travestis por parte de los distintos sectores sociales: la identidad de las protagonistas no es respetada durante la infancia por las maestras de la escuela ni en la adultez por los policías que las detienen constantemente sin razón alguna; la mayor parte de los familiares se niegan a aceptar sus elecciones e, incluso, intentan modificarlas a la fuerza. En los medios de comunicación, se las trata como delincuentes y los vecinos no las quieren en sus barrios. El sector laboral las rechaza y la violencia patriarcal se ejerce sobre ellas en todas sus formas. “Esa mañana papá lo había obligado a disfrazarse con el uniforme de River, incluidos los botines, que le parecían demasiado incómodos para jugar a la casita” (p. 41)

     En "La Villa", Aira nos introduce en una villa miseria donde el protagonista, entra en contacto con una realidad que lo excede y desborda. Al fondo, se continuaba en un camino asfaltado que se perdía a lo lejos en un arco suave. A un costado de este camino estaba la villa, brillando como una gema encendida por dentro.” (Aira 2001, p. 14) Este lugar no es solo un espacio geográfico sino también una zona de opacidad cultural, de exclusión estructural.

     Del mismo modo, en "Plop" de Pinedo, el mundo ha colapsado y lo que queda es una comunidad precaria, donde el protagonista asciende socialmente a fuerza de violencia y manipulación. “Existen lugares donde hay más matorrales que basura. Pero son peligrosos, ahí anidan animales. Por lo general, el que entra no sale. Entre las montañas de basura hay ratas. Insectos. Lo que más se encuentra son cucarachas.” (Pinedo 2002, p. 10). En todos los casos, la marginalidad no es solo el telón de fondo sino el corazón mismo de la experiencia vital, un espacio donde las reglas se desdibujan y la sobrevivencia se impone como forma de vida.

La fragilidad de las identidades

     En Plop, el protagonista se transforma en función de las condiciones que lo rodean: no hay una esencia, sino una adaptación constante. En "La Villa", el narrador intenta mantenerse al margen, pero la experiencia lo modifica. Lo que no había impedido que por un instante barajara la extraña posibilidad de que ocultara el secreto de que en realidad ella era un hombre, o viceversa, o cualquier cosa por el estilo”. (Aira 2011, p. 54). En todos los casos, la identidad se presenta como una construcción inestable, vulnerable, moldeada por el entorno, por el poder, por el deseo, por el dolor.

     Todas estas obras ponen en tensión el lenguaje como forma de representar la experiencia. En Aira, la escritura se vuelve delirante, excesiva, como si la realidad de la villa no pudiera ser contenida en formas tradicionales. En Pinedo, el lenguaje es austero, casi primitivo, acorde a la degradación de la civilización. En Giaconi y Gorodischer, la palabra se vuelve herramienta de alienación, perturbación en donde lejos de servir para la comunicación auténtica o la construcción de sentido compartido, se transforma en instrumento para la manipulación, hostigamiento y opresión, la carencia y disolusión de los afectos. “(…) y pisé el borde y me caí, eso le digo y espero que la mocosa hija de puta no cuente nada ni hable del caramelo ni de la muñeca, ay que se apure, qué está esperando, pendeja de mierda.” (Gododischer 2004)

 

     Podemos decir que estos relatos configuran un corpus literario que se aleja de las narrativas dominantes para dar cuenta de experiencias límite: pobreza extrema, disidencia, violencia, exclusión, derrumbe. No se trata de una mera tematización de la marginalidad y la disolusión, sino de una estética que busca interpelar al lector desde el borde, desde aquello que duele o no encaja. Son relatos que incomodan, que no prometen redención, pero que, sin embargo, hacen visible lo que muchos discursos intentan callar. Leerlos es asumir el riesgo de mirar de frente lo que habitualmente se evita. —¿Qué pobres? Señor, ésa es una palabra antigua. Antes había pobres y ricos, porque había un mundo hecho de pobres y ricos. Ahora ese mundo desapareció, y los pobres se quedaron sin mundo. Por eso mis patronas dicen: «ya no hay pobres». (Aira 2011, p. 40)

 

Lo marginal como reflejo de lo contemporáneo

     Las obras La Villa, Plop, Tasador, Absit y La Chaco configuran un plano literario que interpela directamente al sujeto contemporáneo y su devenir en un mundo que, como diría Zygmunt Bauman (2002), ha perdido sus certezas sólidas para moverse en una modernidad líquida, cambiante, frágil. Lejos de una literatura de evasión o entretenimiento, estos textos irrumpen como manifestaciones de una sensibilidad contemporánea que expone, sin filtros, las fisuras de la vida en los márgenes: la violencia estructural, la precariedad existencial, la pérdida de referencias identitarias y la inestabilidad y posterior disolusión de los vínculos.

En definitiva, la literatura actual opera en los claroscuros que se perciben tras la superposición de matrices genéricas, exhibiendo la transformación de algunas de las convenciones discursivas que estructuraron la ficción argentina durante el siglo XX. De esta manera, ya en el siglo XXI, las estéticas del desborde generan espacios imaginarios inestables donde el lenguaje se vuelve potencia de diversificación fuera de regla. (Soraya)

          Estas obras pueden leerse como expresiones de lo que Giorgio Agamben (2008) denomina "lo contemporáneo": no aquello que simplemente coincide con su tiempo, sino aquel que es capaz de ver su oscuridad, de percibir en las sombras del presente una posibilidad crítica. Agamben nos advierte que el contemporáneo no es quien está a la moda, sino quien tiene el coraje de mirar la tiniebla de su época, de iluminar lo que permanece oculto. En esta línea, los autores mencionados se posicionan como cronistas incómodos, que no buscan explicar ni consolar, sino mostrar los restos, los residuos, las ruinas de una humanidad que no logra encajar en las promesas del progreso moderno.

     Bauman (2002), por su parte, describe una sociedad líquida, donde los vínculos son volátiles, las instituciones inestables, las identidades fluctuantes. En ese sentido, los personajes de estas obras son sujetos sin anclajes: Plop no tiene pasado ni historia; el narrador de La Villa se disuelve en una percepción cada vez más distorsionada; los protagonistas de Tasador carecen de raíces afectivas duraderas; y los personajes de La Chaco sobreviven en una precariedad estructural que no permite proyectar futuro. La literatura aquí se transforma en espejo de una subjetividad contemporánea profundamente inestable, que ha perdido la confianza en los grandes relatos, discursos y se enfrenta a una intemperie simbólica. ¿En quiénes se sienten representados estas subjetividades? ¿Se perdieron los referentes?

     Darío Sztajnszrajber (2019) en su obra Lo contemporáneo, retoma estas ideas desde una mirada argentina y periférica, preguntándose qué significa habitar la contemporaneidad desde este sur global atravesado por la desigualdad, la violencia y la fragmentación. Sztajnszrajber sostiene que lo contemporáneo no se define por una fecha o un estilo, sino por una sensibilidad específica: la capacidad de leer los síntomas de nuestro tiempo, incluso aquellos que aún no comprendemos del todo. En este sentido, las obras analizadas pueden entenderse como una escritura del presente desde sus márgenes, como una forma de resistencia que se aferra al lenguaje para no ceder ante el sinsentido.

     En definitiva, estas narrativas son contemporáneas no solo porque dialogan con los malestares de nuestro tiempo, sino porque los encarnan en sus formas estéticas, en sus quiebres narrativos, en su apuesta por desestabilizar al lector. Muestran una sociedad herida, marcada por la exclusión, pero también nos recuerdan, desde la experiencia de la lectura, que incluso en los márgenes puede haber una forma de mirar, de nombrar, de resistir.

Conceptos narratológicos

     El narrador toma lo que narra de su experiencia, sea la propia o una que le ha sido transmitida. Y la transmite como experiencia para aquellos que oyen su historia”. (Gabriela Cano) La novela Plop de Rafael Pinedo tiene un narrador en tercera persona, que además es protagonista. Una mañana, mientras se acercaba al depósito, Plop vio una mancha que se escondía entre las montañas de desperdicios. Corrió, rodeando. Agarró por atrás a una chica, muy chica.. Plop le sacudió cuatro bofetadas que la dejaron inerte.” (Pinedo 2004, p. 74). La voz narrativa se construye desde la experiencia y desde un lenguaje crudo, sin ornamentos. El narrador no comprende del todo lo que ocurre, y esa opacidad también afecta al lector.

     En La Chaco, de Juan Solá, el narrador es protagonista, que participa activamente en la historia y la relata desde su propia perspectiva. Esta elección narrativa permite al lector acceder de manera íntima a las vivencias, pensamientos y emociones del personaje principal, ofreciendo una visión subjetiva y profunda de su mundo interior. Fue por eso que cuando abrí la puerta y lo vi acomodándose la corbata frente al espejo me puse tan nerviosa.” (Solá 2015, p. 61). La historia se cuenta desde el punto de vista del personaje, limitando la información a lo que él mismo experimenta o conoce. Esto crea una narrativa subjetiva, donde los eventos y otros personajes son presentados a través de la lente personal del narrador, lo que puede influir en la interpretación y comprensión de la historia por parte del lector.

     En La Villa, de Cesa Aira, el tipo de narrador que predomina es un narrador en tercera persona omnisciente, aunque con momentos de focalización interna, especialmente centrados en el personaje principal, Maxi. De un gesto casual había pasado a ser con el correr de los días un trabajo que se tomaba muy en serio.” (Aira 2001, p. 6). Aquí el narrador accede al mundo interior del personaje y describe su acción desde afuera, pero también revela que ni el propio Maxi comprende del todo su motivación.

Los personajes

    Según Gabriela Cano, los personajes pueden ser tipos, arquetipos o sujetos complejos y contradictorios. En Plop, el protagonista es un antihéroe marginal, ambiguo, despojado de toda dimensión épica. El personaje encarna una identidad vaciada por la necesidad. En La Villa, los personajes son excéntricos, casi caricaturas:

“(…) una foto carnet de Cynthia Cabezas, escenas de su funeral, con las alumnas de la Misericordia, y sus padres llorando. Y de inmediato: viejas fotos de Cabezas y la jueza Plaza, en un local nocturno, jóvenes, con sendas copas de champagne en las manos, el Pastor predicando en una asamblea, la Jueza con su hijo de pocos meses de vida en brazos, Cynthia niña en una playa con sus papás, las noteras” (Aira 2001, p. 77)  

     En La Chaco, los personajes son entrañables, dolientes, con voz propia. Son víctimas del sistema, pero no se reducen al victimismo. Se narran desde el deseo y la resistencia.

     Entendemos, bajo las herramientas de Gabriela Cano, cómo  se construyen mundos narrativos singulares, donde el lenguaje y el espacio no son neutros, sino que participan activamente en la creación de sentidos. En cada caso, la narración habilita una experiencia estética y política: nos enfrenta con la precariedad, la descomposición social, el poder del relato o la dignidad de los márgenes.

Nuevo sujeto: nuevas identidades

     Paula Sibilia propone una lectura crítica sobre los desplazamientos históricos que ha sufrido la subjetividad en relación con las tecnologías de comunicación. Desde el recogimiento introspectivo del sujeto, lector moderno, formado en la intimidad que promovía el libro impreso, hasta la exposición constante del yo contemporáneo en las redes digitales, Sibilia traza un recorrido que permite entender cómo las prácticas culturales y educativas se han transformado junto con los dispositivos que median la experiencia del mundo.

Vivimos en una sociedad en la cual -no por casualidad, y cada vez más- es necesario hacerse visible para ser alguien y, además, hay que estar (bien) conectado. Hay que conquistar el campo de la visibilidad -de preferencia, mediática- para construir una subjetividad atractiva: elaborar y saber vender un yo visible. Y también hay que estar siempre on-line, disponible e incluso reportándose todo el tiempo, siempre todos “enredados” y en contacto con los demás. De modo exponencial, pareciera que no se trata tan sólo lo de una opción entre muchas otras, sino que se ha vuelto imprescindible saber manejar esos recursos mediáticos e interactivos para sobrevivir y para ser alguien en el medio ambiente del siglo XXI. (Sibilia 2011)

     Esta perspectiva se vuelve fundamental para pensar la crisis que se atraviesa desde el aula al feed (metáfora del nuevo espacio de visibilidad y socialización en el que se constituye hoy la subjetividad), donde se argumenta que la escuela, institución tradicionalmente centrada en la transmisión de conocimiento y en la formación del ciudadano moderno, se enfrenta hoy a un nuevo tipo de sujeto, configurado más por la lógica del “me gusta” que por la del saber acumulativo.

     El aula, espacio reservado a la construcción de una interioridad crítica, se ve interpelada por un afuera digital que exige visibilidad constante y conexión permanente. Ahora, en cambio, son otros los cuerpos y las subjetividades que nuestro mundo necesita para ser productivo y eficaz. La sociedad contemporánea precisa de cuerpos y subjetividades más compatibles con sus propias premisas y objetivos… estamos en plena metamorfosis rumbo a otras configuraciones corporales y subjetivas”. (Sibilia 2011)

 

 

La disolusión del Feed y el Aula

     Sibilia advierte que el pasaje del libro a las redes implica también una mutación en la concepción del cuerpo y del yo: del sujeto introspectivo al sujeto expuesto. Así, las tecnologías digitales no solo transforman las formas de leer y escribir, sino que reformulan las coordenadas del deseo, de la identidad y del vínculo con los otros. Esta lectura resulta central para entender los desafíos pedagógicos actuales, donde el docente debe reconfigurar su rol ante estudiantes que ya no buscan ser interpelados por el discurso experto, sino por la dinámica horizontal y efímera de las redes sociales. Podemos afirmar que no solo existe una “crisis educativa” o de una “decadencia de los valores”, sino de una transformación mucho más profunda: la de las formas de subjetividad que emergen en sintonía con las tecnologías de su tiempo.

     Pensar la educación desde esta clave es reconocer que el aula ya no puede aislarse del feed, sino que debe dialogar con él, reinterpretarlo y, tal vez, resignificarlo. “El escritor de una representación realista es aquel para quien lo real, a través del rumor del discurso social se presenta como un rompecabezas en desorden pero con la certeza de que surgirá una figura y que cada pieza revelará a las piezas contiguas”. (Marc Angenot / Regine Robin)

     Estuvimos viendo como estos escritores observan la realidad como si fuera un rompecabezas caótico: parece desordenado al principio, pero tienen la convicción de que, al ordenar las piezas, es decir, al observar, interpretar y narrar lo que ocurre en el mundo y en el discurso social, surgirá un sentido, una figura coherente. Cada “pieza” de esa realidad (un hecho, una voz, una experiencia humana) ayuda a descubrir otras cercanas, a revelar conexiones.

     El “rumor del discurso social” lo entendemos como todo lo que circula en una sociedad: opiniones, relatos, creencias, ideologías y el escritor realista no se limita a copiar esa realidad, sino que la escucha, la descompone, la interpreta y la vuelve a armar para mostrar algo más profundo o invisible a simple vista. En otras palabras: lo real no se da de forma clara ni completa, pero el escritor cree que al contar, al narrar, se puede reconstruir un sentido, una imagen posible del mundo, nutrido de esta disolusión, compuesta por esta sustancia llamada: humano (experiencias, personajes) que se mezcla en el líquido contemporáneo (tiempo, sociedad, discursos) dando a luz no sólo a estas narrativas que hemos compartido sino a un nuevo sujeto social. ¿Podemos etiquetarlo, nombrarlo?  

 

Conclusión

     Las ficciones abordadas en este ensayo revelan un modo particular de narrar desde la intemperie: cuentan lo que duele no como gesto de redención, sino como práctica política y estética. En un tiempo marcado por la liquidez de los vínculos, la disolución del lenguaje y el vaciamiento simbólico de las identidades, estas narrativas ofrecen un registro urgente de lo desechado, de lo roto, de lo excluido. En ellas, la literatura se convierte en un espacio de resistencia, no por ofrecer soluciones, sino por insistir en nombrar lo que incomoda. Plop, La Villa, La Chaco, Tasador y Absit no son solo relatos de la marginalidad, son intervenciones en la forma de mirar, de contar, de existir. En sus fragmentos, en su crudeza, en su lirismo contenido, se escucha el eco de un mundo que duele, pero también la posibilidad de una escritura que, en medio de la ruina, todavía cree en el poder de la palabra para dar testimonio.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Bibliografía

Agamben, Giorgio. (2008) “¿Qué es lo contemporáneo?” PDF. Clase 1. Literaturas Contemporáneas.

Aira, César. (2001) “La Villa”. Editorial Random House.

Angenot Marc.Sociocriticismo. La inscripción del discurso social en el texto literario.” En aula virtual Literaturas Contemporáneas ISP N°5.

Augé Marc. (1993) “Los no lugares”. Editorial Gedisa. Barcelona.

Bauman, Zygmunt. (2002) “Modernidad Líquida”. Fondo de cultura económica de Argentina S.A.

Giaconi, Vera. (2016) "Tasador" en Seres queridos. Editorial Anagrama.

Gorodischer, Angélica. (2004) “Absit”. Editorial Minotauro.

Pinedo, Rafael. (2004) “Plop”. Editorial Interzona.

Righetti, Soraya. (2025) “Estéticas del desborde en el siglo XXI.” En el aula virtual de Literaturas Contemporáneas ISP N° 5.

Solá, Juan. (2015) “La Chaco”. Editorial Sudestada.

Sztajnszrajber, Darío. (2019) “Lo contemporáneo”. Clase 1, aula PDF. Literaturas Contemporánea. 2025.

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